No hay salud global sin atención primaria

Frente a los tuits autocomplacientes de la OMS donde el autoaplauso por la iniciativa COVAX no conoce la autocrítica (ni la vergüenza ajena), la Declaración de Astana, que hace tan solo 4 años renovó el acuerdo de Alma Ata del siglo pasado.

A pesar de algunos tímidos esfuerzos (más conceptuales que viables en la práctica), la respuesta global al COVID-19 se ha diseñado desde los países de altos ingresos para los países de altos ingresos: medidas de limitación de movimientos y paralización de la economía que han hecho algo de daño a las economías fuertes y fulminado a las débiles, medidas de diagnóstico rápido y aislamiento que no son posibles para familias en infravivienda y sin medios de vida, y por supuesto, la vacunación en masa y en tiempo récord.

A las autoridades de países pobres y en contextos humanitarios no se les ha dado nada y se les ha exigido todo, sin pensar en el cómo. Con un buenista y aparentemente bienintencionado «nadie estará protegido hasta que todos lo estén» una iniciativa global intenta cumplir las metas prometidas a sus donantes entregando (tarde y en cantidades insuficientes) vacunas que los sistemas de salud locales no pueden absorber y distribuir. A ellos y ellas nadie les ha preguntado el cómo ni cuándo ni con qué. En medio de conflictos que reducen a la mitad el número de unidades de salud funcionales, o que despueblan a estas unidades de su personal sanitario, les entregan cargamentos de vacunas para que las administren cuando buenamente puedan. En medio de un acceso a servicios de salud más limitado que nunca, se les indica que ahora la prioridad deja de ser la malnutrición, el brote de sarampión en curso, la atención obstétrica de emergencia, o la movilización con agentes comunitarios para ampliar la cobertura del manejo de diarreas, porque hay una nueva pandemia aún peor y para la que -atención- no hay más fondos.

Los que creían en Alma Ata siguen creyendo en Astana. Pero a quienes políticamente nunca interesó pensar en atenciones primarias, coberturas universales o equidad, una pandemia global de pacotilla no les va a cambiar su forma de ver las cosas.

Estas mismas organizaciones pronto encargarán evaluaciones millonarias a las grandes consultoras. —¿Pero qué ha fallado? Se preguntarán. —Tratemos de sacar lecciones aprendidas —Dirán, para seguir justificando el desembolso. Ha fallado que quienes pagan han tomado las decisiones, lo primero, y que las han tomado sin la participación de nadie. Pero esto lo tendrá que decir una consultora, para luego montar un plan estratégico de cinco años y una iniciativa con grandes donantes y poderosos indicadores. Seguro que la gente de marketing ya está pensando un nombre con gancho.