Campamentos saharauis: lo devastador es el olvido

Esta semana miles de familias saharauis, refugiadas en el desierto, han perdido sus casas. ACNUR, muy políticamente correcto, le echa las culpas a unas fuertes lluvias, que han causado unas inundaciones devastadoras. La Media Luna Roja Saharaui dobla las cifras de las estimaciones iniciales de ACNUR en cuanto al número de familias afectadas, en su último comunicado de hace un par de días. Pronto se podrá estimar mejor el volumen real de los daños, ahora que por fin parece que se detienen las lluvias.

Seamos realistas. La lluvia no ha sido devastadora. Ha sido lluvia, durante varios días. Punto. Quienes leéis este artículo ahora habéis visto llover con más fuerza montones de veces. Las casas se han caído porque son de barro y chapa, construidas sobre arena. No se trata de un desastre natural. Se trata de la consecuencia esperable de una negligencia política de la comunidad internacional. Lo sorprendente no es que haya llovido en el desierto. Lo sorprendente es que un desastre como éste no se haya producido antes, por el motivo que fuese. Hay que hacer un ejercicio enorme de ingenuidad y cinismo para sorprenderse de un desastre de estas características, cuando desde hace 40 años más de cien mil personas habitan un desierto inhabitable, en casas de ladrillos de barro, bebiendo el agua que se les distribuye casa por casa con camiones cisterna, y comiendo las cada vez más exiguas raciones de alimentos que reciben de las aportaciones de la ayuda internacional.

A lo largo de estos días, una de las cosas que más me ha sorprendido del desastre ha sido la reacción de los/as saharauis. He visto tristeza y rabia, claro. Pero también he visto una resignación y un cinismo que me han dejado sin palabras. Son la resignación y el cinismo de quienes llevan toda su vida sabiendo que sus desgracias, fuera de su círculo de arena, importan poco; de quienes son plenamente conscientes de que las migajas de ayuda humanitaria que reciben le salen a los países y los donantes mucho más baratas que hacer justicia y convocar el referéndum que les devuelva su tierra, sus medios de vida y su libertad. 

Ahora la prioridad inicial es garantizar alojamiento, agua potable y comida a quienes han perdido lo poco que tenían. Las familias que aún conservan su casa no pueden habitarla por miedo a derrumbes. En lugares como Dajla, la gente se pregunta qué va a comer pasado mañana, cuando se les terminen las pocas latas de comida que tenían almacenadas y no se han estropeado.

La siguiente prioridad es la que a nuestro equipo le quita el sueño: su salud. Los hospitales, inundados, y muchos con espacios derrumbados o inoperativos, no tienen electricidad. Montones de familias se han desplazado buscando lugares más seguros donde ubicarse en jaimas (tiendas de campaña tradicionales), con lo que ahora su acceso a los dispensarios existentes va a ser mucho más difícil. Garantizar servicios asistenciales y preventivos básicos va a ser todo un desafío cuando a la precariedad habitual en los recursos y medios se le suma el hecho de que los/as profesionales del sector salud, voluntarios/as todos, son al mismo tiempo damnificados/as. Seguramente en los próximos días y semanas veremos un aumento de los casos de enfermedades diarreicas, enfermedades respiratorias y malnutrición en menores de cinco años, y las circunstancias actuales dificultarán el seguimiento y el control de las mujeres embarazadas y pacientes crónicos/as.

El reto que tiene ahora delante el pueblo saharaui es grande, y las organizaciones internacionales en el terreno, así como las familias y asociaciones de amigos desde la distancia, haremos lo posible por estar a su lado. Pero los donantes y la comunidad internacional tienen una responsabilidad enorme en la respuesta humanitaria y el derecho internacional para todas estas familias. Lo devastador es el olvido, no las lluvias.