Carta desde mi barco I

Por Bastian

Tú escribías…

No es este el paradero del tiempo.

El padre de Soropogui está enfermo, muy enfermo. No es un anciano, debe tener sesenta y pocos años. Van a llevárselo a Conakry, mas ambos sabemos que, con los medios que hay en Guinea, es muy difícil que no muera. Ella me lo contaba llorando mientras volvíamos de la fiesta de despedida que la gente de los pueblos me había organizado: era mi última noche en Kolouma. A nuestro alrededor una turbamulta de niños bailaba al sonido cada vez más distante de los tambores. Son niños que crecen entreverados a la miseria de esta selva, acuden a escuelas donde se imparte ignorancia, trabajan durante toda su infancia apreciando la comida como muchos niños de Europa las vacaciones, observan los caminos deshechos que en lugar de abrir pasos hacia el mundo los clausuran, y si una mala fiebre los alcanza, fallecen. Traté de consolar a Soropogui, pero a mí mismo algunas veces me faltan asideros a los que amarrar el espíritu. Anduvimos largo rato bajo un firmamento con el aforo completo de estrellas.

Pocos días después, en un barrio de Conakry, seis hombres armados dispararon contra el coche del presidente de Guinea, Lansana Conté, que salió ileso. Al menos esto es lo que ha contado el Gobierno: la mayoría de la gente aquí piensa que se trata de un montaje orquestado desde el poder para encarcelar a algunos opositores y distraer a la población de su realidad cotidiana, el hambre y la pobreza. Por el momento ya han sido arrestadas más de cien personas, entre ellas un imán septuagenario que no pudo soportar la segunda noche en prisión y pereció allí mismo. Lansana Conté, este viejo asesino que, como tantos dictadores modernos, celebra elecciones, no forma parte del ‘eje del mal’. Guinea no está en el punto de mira de los defensores de la libertad, no está en ningún punto de mira, yace apaleada en el descansillo de la historia, esperando a que la dejen entrar un día. Aparte de unos cuantos empresarios extranjeros que ceban la corrupción de los jerarcas y de un puñado de ONG con sus vistosos vehículos, nadie se percataría si Guinea desapareciera mañana. No, no es éste el paradero del tiempo.

Y claro, todos queremos que no haya naciones pobres, que los dolientes tengan hospitales y los niños, colegios y las mujeres, descanso de tanto bregar, y pedimos que aumente la ayuda al desarrollo y que se establezcan normas justas para el comercio mundial, y es bueno y necesario. Sin embargo, siento que todo eso, en el fondo, es como intentar salvar a un náufrago estirando el brazo desde la borda de un petrolero. Para cambiar la suerte de los niños de Kolouma hace falta algo más profundo, algo que, si estás de acuerdo y en ausencia de una palabra menos mancillada, podemos llamar revolución.

Guinea Conakry, 10 de febrero de 2005
Gonzalo Sánchez-Terán

(Publicado en EL SEMANAL)

Por eso me lancé al mar. Para intentar salvarle estirando el brazo, y para hacerlo todo nuevo. Desde tierra no se ven esos náufragos y odio profundamente ese sentimiento de “impotencia” al verme lejos. Hoy día todo está diseñado para que gente como el padre de Soropogui no nos importe más que nuestra propia comodidad. ¿Y lo peor? Que eso nos encanta. A todos. Y a mi también, aunque me joda decirlo.

Me hice pirata, y cambié mi rumbo. El que piense que “embarcarse hacia alta mar” significa viajar está muy equivocado/a. Salir de tu rutina, hacer cosas que no encajan con lo que “la sociedad” espera de ti, arriesgarte a sacrificar lo más preciado para ti por otros (Cosas tan realmente insustanciales como un par de horas de clase, un examen parcial, tu tiempo de ocio, un verano, un año, o el resto de tus días).

El mundo se muere, mientras que tú y yo preferimos sentirnos “impotentes” viendo y leyendo las noticias. Y morirnos de viejos…

O somos revolucionarios, o no somos.