Carta desde… mi barco II: Lavarse los ojos y aprender los nombres del barro

Tú escribías…

Las palabras son estambres de una flor de cuarzo.

Creo que después de casi tres años de correspondencia ni siquiera te he descrito mi escritorio, ni lo que se ve desde mi ventana. La superficie de la mesa es de formica; el resto, de chapa de acero. Años cincuenta, guerra fría. Mobiliario ONU. Desde mi ventana, 35 pisos por debajo de la de Kofi Annan, se divisan las fachadas posteriores de Tudor City, rascacielos de ladrillo de inspiración anglosajona, y la torre del Chrysler, a punto de encenderse contra un cielo gris que amenaza lluvia. Acaba de pasar un avión rumbo al norte.

Creo que después de casi tres años de correspondencia tendríamos que calarnos una boina o ensartar una magnolia en el ojal de la chaqueta que me temo que casi nunca nos ponemos para reconocernos en un mercado de madrid, Union Square o Abiyán. Creo que despues de casi tres años de leerte me he dado cuenta de que tengo que volver a lavarme los ojos, a aprender los nombres del barro, de la luz, de las corrientes y de la nieve. Creo que después de casi tres años de seguir con los ojos ávidos la caligrafía de tu lámpara africana me ha entrado una comezón irresistible. Ya he empezado a despedirme de Nueva York.

Me faltan dedos, horas, papel para escribirte. Tengo ganas de gritar, de salir corriendo. De quedarme quieto, de hacerme el muerto. No sé si llegaste a conocerlo. Murió hace unos meses. Se llamaba Beyers Naudé -Christian Frederick Beyers Naudé-, un clérigo afrikáner que se encontró con su conciencia escondida el día en que la Policía surafricana mató a 69 negros en Shaperville. Cuando fue a buscar justificación en la Biblia para el racismo, no la encontró. Los suyos acabaron llamándole traidor y fue expulsado de su iglesia, aunque la rama negra de su credo lo recibió con los brazos abiertos. Nunca disparó contra nadie, pero sí argumentó que había ocasiones en que había motivo para matar. Como los teólogos alemanes que hablaron a favor de los que urdían conspiraciones para acabar con Adolf Hitler. Fue en Sarajevo donde descubrí que las razones del pacifismo los pueden convertir a veces en cómplices de los asesinos. En la carta que te escribí el 20 de enero metí la pata. Te decía que “a pesar de ser con frecuencia el adalid más feroz de un mercado sin la menor atadura”, el periódico The Wall Street Journal hace diana “cuando defiende a los inmigrantes y el proteccionismo de los ricos de la Tierra”. Lo que quería decir era: “Cuando defiende a los inmigrantes y critica el proteccionismo de los ricos de la Tierra”.

Se apaga el día en Nueva York. Nuestro mundo es un animal extraño. Con palabras dibujo un abrazo.

Nueva York, 17 de febrero de 2005
Alfonso Armada

(Publicado en EL SEMANAL)

Lavarse los ojos y aprender los nombres del barro

A veces ocurren cosas que hacen pensar. Observo desde la arboladura como hoy han colocado en la puerta de una iglesia una mesa, con gente que recoge firmas en contra del matrimonio entre homosexuales. Y he visto miradas de desprecio hacia aquellas personas que no desean firmar.

Triste. Hace tiempo que entre varios piratas (o idealistas, no lo sé) iniciamos una Campaña para recoger firmas para solicitar al gobierno español la condonación de la deuda externa de los países afectados por el tsunami de la Isla de Sumatra. Y esta campaña, poco a poco, parece que va muriendo en el olvido. Si la gente tan sólo respondiera un poco más…

Vivimos en un mundo donde a las personas les importa menos amar, que burocratizar el amor y complicarle la vida a los que se ilusionan con un sueño. Quien sepa donde se perdió la empatía, que lo diga.

Lavarse los ojos, aprender los nombres del barro. Y pisar tierra.

Aunque sea por una vez.