Conspiranoias en salud: lo que hay que saber

Nos flipa pensar en conspiraciones. Me dicen que dos más dos son cuatro y me aburre. Pero si leo en algún sitio que dos más dos son en realidad cinco, y que esto no ha salido oficialmente a la luz porque no interesa a empresas y gobiernos, empezaré a dudar (“¡malditas empresas y gobiernos, siempre queriendo ocultarnos la verdad!”). Buscaré en Google “dos más dos son cinco” a ver si puedo descubrir la auténtica verdad, escondida por oscuros planes maléficos, haciendo click cómodamente desde mi ordenador, escuchando musiquilla de fondo. Da igual que eso lo defienda una sola persona, contradiciendo a seis mil millones. “¿Y si los seis mil millones mienten? ¡Ya no sé a quien creer!” Claro está, además, que la próxima vez que me tome un café con los amigos, sacaré el tema en cuanto pueda: “¿Sabéis que dos más dos no son cuatro?” He leído que en realidad suman cinco, aunque no quieren que se sepa. Es muy fuerte”. Si veo que mi afirmación no impacta demasiado, la acompañaré con un contundente “a saber con qué más nos están engañando”, que eso siempre da énfasis y hace que la gente asienta con la cabeza.

Así se propagan las conspiranoias más absurdas. Porque somos humanos y hay un par de cosas que nos encantan: Sentirnos un poco víctimas, y aparentar saber más de lo que sabemos. El tercer factor también está ahí: la diversión. Y es que es mucho más divertido imaginar rebuscadas conspiraciones (“los poderosos podrían haberse reunido un día en un lugar secreto para acordar que la gente sólo debe pensar que dos y dos suman cuatro, y poner los medios para que los simples mortales no descubran nunca la verdad”) que quedarnos con las explicaciones sencillas y aburridas (“si tengo dos manzanas, y Fulanito me da otras dos, tengo cuatro manzanas”). ¡Dónde va a parar!

En el mundillo de la Salud Pública pasa exactamente esto. Los tres temas favoritos de las conspiranoias en salud pública son, sin duda, el VIH/SIDA, las vacunas, y las terapias alternativas. En base a argumentos más bien extraños (conspiracionistas, rebuscados, y contrarios al consenso científico) hay quien dice que el SIDA no existe, que el VIH no existe y no causa el SIDA, que la gente que fallece por SIDA lo hace por cuestiones emocionales y psicológicas, que las vacunas no previenen las enfermedades infecciosas, que las vacunas son malas, que existen energías misteriosas (que contradicen los principios de la física, y que ni ellas ni sus efectos son medibles) que pueden curar, y que la medicina tradicional debería aceptar e incluir terapias alternativas milagrosas (reiki, homeopatía, acupuntura…), aunque no se haya podido probar su efectividad.

Para poder separar el grano de la paja, y poder tener un criterio relativamente serio que nos permita comprender qué puede ser cierto, y qué puede ser pura palabrería barata, hay qué entender qué es eso del consenso y la evidencia científica, y aplicar un poco de sentido común.

  • El mundo de la ciencia funciona de una manera muy sencilla. Se establecen unos criterios éticos y de calidad metodológica mínima que cualquier estudio deberá respetar, se realiza el estudio y se escriben los resultados de forma clara y concisa, se envían a comités editoriales de publicaciones científicas que, tras comprobar que cumplen con esos criterios de calidad metodológica y que no se han inventado los resultados, aprueban su publicación. Una vez publicados, se discuten en la comunidad científica. Un único estudio no prueba absolutamente nada, por llamativo que sea. Simplemente complementa a otros estudios anteriores, reforzando las conclusiones, o sugiere nuevas hipótesis que habrá que comprobar con otros estudios más. Cuando se ha machacado tanto que se da por cierto, se logra un consenso, sobre el que se sigue construyendo y avanzando. No se puede considerar válido algo que alguien hace según sus criterios de ética y metodología, y que publica a su aire donde le viene en gana, sin que otros profesionales o expertos del tema avalen que se ha hecho correctamente. Esa revisión neutral por expertos es un paso absolutamente indispensable.
  • Hay distintos niveles de evidencia científica. No cualquier estudio sirve, por bien que esté realizado. No puedo hacer un estudio con 5 personas y extrapolar resultados a toda la población mundial. Además, no todos los estudios sirven para probar cualquier cosa. Estudiar la efectividad de un medicamento puede ser relativamente sencillo (administrar un medicamento nuevo a un grupo de personas, y administrar un medicamento antiguo a otro grupo idéntico, para comparar después los resultados entre ambos grupos), aunque es caro. Estudiar el impacto de un factor de riesgo (por ejemplo, la obesidad) sobre una consecuencia adversa (por ejemplo, infarto de miocardio) requiere una metodología diferente. ¡No se puede engordar a un grupo de gente para ver qué les ocurre! Sí se puede comparar un grupo de personas que hayan sufrido infarto y otro grupo similar de personas que no hayan sufrido infarto, y ver si eran o no obesos. Aunque ambos estudios estén bien hechos, el primero aporta una evidencia mucho mayor que el segundo.
  • La evidencia científica es fruto de estudios bien hechos. Observar a una persona es anecdótico. A esa persona pueden ocurrirle muchas cosas (curarse de algo o no, por ejemplo) por muchos factores. Para que exista evidencia debe haber un número suficiente de sujetos en estudio que nos permita asegurar que los resultados obtenidos no se deben a casualidades; debe haber un seguimiento en el tiempo de los sujetos, para ver si una causa propicia una consecuencia; idealmente, además, debe existir una comparación entre dos grupos de sujetos idénticos (igual edad, peso, sexo, raza, lugar de residencia, nivel socioeconómico, etc…) sobre los que hacemos intervenciones distintas (a un grupo doy el medicamento nuevo, y a otro el antiguo o un placebo), y debe evitarse la interferencia humana en los resultados, procurando que la persona encargada de observar los resultados no sepa a qué personas se le dio uno u otro medicamento, para que esto no condicione su observación. No se puede extraer conclusiones de un estudio mal diseñado, o que no cumple con estos estándares. Por esa razón, afirmar que “a mi vecina le funciona tomarse nosequé” no aporta ninguna evidencia de absolutamente nada. Busca 500 vecinas, haz dos grupos con ellas de forma aleatoria (para que sean iguales y comparables) y hazme entonces lo que he propuesto líneas arriba: un ensayo clínico controlado y aleatorizado a doble ciego. Deja que alguien ajeno a tu estudio certifique que no has hecho ninguna burrada metodológica, y permite que otros puedan aportar comentarios basados en otros estudios similares que estén haciendo. ¡Eso sí nos sirve!
  • Los conflictos de intereses pueden invalidar los resultados de un estudio, y deben ser declarados. Es imprescindible declarar posibles conflictos de intereses al publicar un estudio. No es lo mismo que una investigación independiente revele la utilidad de un fármaco, o que esta investigación venga de manos del fabricante que se va a enriquecer con la venta del medicamento. ¿Es lícito entonces, dudar de la utilidad de algo, por esta razón? Depende. Si toda la evidencia científica sobre algo depende únicamente de un estudio, por ser algo completamente novedoso, habrá que tomarlo con cuidado. Si la evidencia viene de montones de estudios distintos de centros de investigación diferentes, que se complementan entre sí, la seguridad es mucho mayor. ¿Puede haber entonces conflictos de intereses ocultos, que queden sin declarar? Sí, pueden haberlos. Pero te aseguro que hay muchos menos en las revistas científicas que en los artículos de defensores de las terapias milagrosas alternativas. ¡Pero si el mismo que vende los botecicos homeopáticos es el que dice haber comprobado que funcionan!.
  • Hay cuestiones perfectamente discutibles, otras que pese a ser ciertas requieren más estudios e información adicional para confirmarse con seguridad, y otras que permiten tener un consenso general, por haberse estudiado amplia y correctamente. ¿Es lícito dudar de la vacuna del papiloma? Sí, perfectamente. No por extrañas conspiraciones, sino porque es muy nueva y hasta ahora su efectividad sólo ha sido estudiada en parte y en menores de 26 años. Simplemente, no sabemos si realmente es tan útil como su fabricante anuncia, o si aporta algo después de los 26 años, aunque la hipótesis está sobre la mesa y se está estudiando. Decir esto no es descubrir ninguna conspiranoia, es subrayar algo que se ha planteado abiertamente en la comunidad científica. ¿Debemos dudar entonces de todas las vacunas? No. Hay montones de estudios de calidad que ofrecen evidencia científica suficiente como para que exista consenso en que las vacunas que hemos estado usando tradicionalmente son importantísimas como protección individual y colectiva frente a enfermedades infecciosas.
  • Se ha visto que sólo se produce SIDA en personas con VIH, que si las personas con VIH no se tratan terminan desarrollando SIDA (detectable en sangre con métodos similares a los de cualquier otro agente infeccioso), que el uso de condón reduce la transmisión de VIH/SIDA por vía sexual, que el SIDA se revierte con el uso de medicamentos antirretrovirales (hasta en un 80%), que con la medicación se reduce la carga viral en sangre, y que cuanta menos carga viral, menos progresión a SIDA y menos transmisión de madre embarazada con VIH al niño recién nacido. Sobre estas cuestiones hay evidencia suficiente como para tener un consenso científico generalizado desde hace más de 10 años. Hay montones de estudios publicados en las revistas científicas, de calidad y con resultados contundentes libres de sesgos. Negar estas cosas, a día de hoy, es una burrada y una irresponsabilidad. ¿Que las empresas farmacéuticas tienen intereses en vender sus medicamentos? Pues sí, pero deducir de ahí que pueden haber inventado la enfermedad es una animalada. Hay muchísimas personas, de todo el mundo, de montones de instituciones y organizaciones, con unos intereses u otros, que están trabajando en estos temas, y el consenso es indiscutible.
  • Las terapias alternativas no son alternativa de nada, hasta que no demuestren que pueden serlo. Los estudios realizados sobre la efectividad de estas pseudoterapias (homeopatía, reiki, etc…) jamás han podido probar que sirvan de algo. Los únicas investigaciones que pueden probar algo a favor de estas terapias están absolutamente cargadas de sesgos y conflictos de intereses, no han sido avaladas por revisiones de expertos, y no se fundamentan en principios físicos o biológicos plausibles. La imposición de manos no transmite ningún tipo de energía, el uso de agujas clavadas por el cuerpo no aporta nada más allá de lo que aportaría un vulgar placebo, y el agua no tiene memoria. Estas terapias juegan con el desconocimiento de mucha gente, y utilizan trucos baratos para tratar de impresionar: hablan de conspiraciones de la medicina tradicional para que no salgan a la luz ciertas cosas, hablan de la existencia de misteriosas formas de energía a pesar de que éstas no se puedan reconocer, ni medir, ni tienen efectos observables, afirman estar basadas en terapias milenarias milagrosas (¿y en tantos milenios no se ha podido realizar un mísero estudio bien hecho que proporcione algo de evidencia creíble?), y hacen negocio con lo que pueden.
  • ¿Puede haber errores en esto del método científico? Sí. Claro que puede haber errores. Detrás de todo esto hay personas, que pueden cometer equivocaciones o hacer las cosas mal a pesar de todos los mecanismos que hay puestos en marcha para prevenir que ocurran: criterios metodológicos y éticos consensuados, revistas revisadas por paneles de expertos, niveles de evidencia, declaraciones de conflictos de intereses, etc. Pero eso sí, los errores pueden ser del tipo “este medicamento no es tan eficaz como se sugería con los primeros estudios”, o “el estudio anterior, cargado de conflictos de intereses, efectivamente, estaba sesgado”, o “al estudiar más en profundidad esta intervención se ha visto que, efectivamente, no se cumple la hipótesis sugerida”, o incluso los más graves y preocupantes “al usar este medicamento en una población mucho mayor que en los estudios iniciales se ha descubierto que, en casos excepcionales, puede haber una reacción adversa grave que desaconseja su uso”. Pero no del tipo “vaya, el SIDA no existe”, o “lo sentimos, los miles de estudios anteriores sobre vacunas eran mentirijilla”, o “venga, lo admitimos, el horóscopo funciona, rezarle a San Pancracio cura la diabetes, y un buen masaje en los pies al solecico previene la sífilis”. ¿Me explico?.

Montar una conspiración, a lo grande, de estas cosas, es prácticamente imposible. Cuando se habla de la comunidad científica, se habla de millones de personas, bien preparadas, que han contribuido a generar conocimiento a partir de lo que otros desarrollaron antes, que no tienen un único interés que pudiera sesgar cualquier investigación, y que renueva y discute el conocimiento actual continuamente, con métodos consensuados y mecanismos neutrales. Cuando algo, en este contexto, se hace mal, se rectifica con la colaboración del resto. Por eso es perfectamente lícito dudar de lo novedosísimo, lo raro, lo que contradice a todo lo anterior. Un sólo estudio no puede invalidar a cientos de estudios anteriores (es más fácil que esté sesgado, manipulado, o simplemente mal hecho). Y un descubrimiento, si aporta algo demasiado grande, tendrá que ser confirmado y ratificado por otros. En ciencia no tiene sentido decir “bueno, lo mismo este estudio tan raro, tan sesgado y tan mal hecho tiene razón”. No funciona así la cosa.

Nos encantan las conspiraciones porque suenan emocionantes y nos hacen sentirnos como en las películas. Nos basta con que cuatro gatos pregonen algo a voces, por absurdo que sea, para que todos le concedamos el beneficio de la duda. Y el error está ahí, en concederle a todo el mismo margen de duda, la misma importancia, la misma credibilidad. No la tiene. No puede haber miles o millones de científicos organizados para engañar al mundo. Más bien puede haber uno suelto que, por torpeza, desconocimiento, mala fe, o ganas de notoriedad, intente colársela al resto. No se lo pongas fácil. De ése es del que tienes que dudar.

Nota: Soy Médico Interno Residente, especializándome en Medicina Preventiva y Salud Pública. Tengo un sueldo chiquitajo que no depende de lo que escriba por aquí. Va a ser que no tengo acciones en vacunas ni participaciones en empresas farmacéuticas ocultas por ningún lado. Tampoco obtengo ningún beneficio si dejas de tomarte esa pastillita homeopática tan absurda. Eso sí, me hace feliz pensar que contribuyo a divulgar conocimiento. Por todo ello, declaro firmemente no tener ningún conflicto de intereses. 🙂