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De la financiación de la salud en contextos humanitarios

Pongámonos en situación: un conflicto, pobreza, migración forzada de miles de personas refugiadas cruzando la frontera más cercana, y llegada a un territorio donde ni la población local tiene acceso a una atención sanitaria suficiente y de calidad. ¿Qué hacemos?

La pregunta es el día a día de los actores humanitarios que trabajan en salud: ONGs, agencias de Naciones Unidas, gobiernos, donantes, etc. Pero no por ser común es fácil de responder. Ojalá. Además, mirar a las necesidades solamente no es suficiente. Si no adaptamos la intervención humanitaria a la financiación disponible, de poco va a servir.

Necesitamos financiación suficiente y flexible

Claro que sí. Más del 60% de los fondos de la mayoría de las ONGs (con muy contadas excepciones) viene de donaciones públicas. Los fondos propios pueden servir para desplegar un primer equipo o evaluar inicialmente las necesidades, pero el grueso de la respuesta va a requerir que convenzamos a algún donante público de que ese es el mejor destino posible de su dinero.

Por desgracia, la financiación humanitaria es justo lo contrario a lo deseable: es escasa, tardía e inflexible, de manera generalizada; para sanidad también.

Podemos hacer un brindis al sol y pedir una cantidad alejada de lo realista. Es lo que mejor sabemos hacer. ¿No me crees? El Plan Global de Respuesta Humanitaria para el COVID-19 de OCHA está cubierto al 20% y, en el mundo humanitario, alcanzar el 50% de la financiación solicitada ya se considera buena noticia. La brecha en la financiación humanitaria crece y crece. Conformarse o morir.

No es solo cuestión de cantidad, sino de calidad. La financiación humanitaria no piensa a plazos medios y largos. El cortoplacismo es la norma de los donantes y tan solo el 40% de los fondos para acción humanitaria se asigna para plazos superiores a un año. La rigidez es otra característica fundamental a tener en cuenta. Entre 2015 y 2020, los fondos “no asignados a fines concretos” bajaron de un escueto 20% a un raquítico 14%. El resto, un 86%, son fondos asignados a un proyecto predefinido, lo que permite escasa flexibilidad y agilidad para hacer cambios a lo inicialmente previsto, además de conllevar un aumento (¿innecesario?) en gastos administrativos.

¿Hay otros modelos? Sí. Pero a mí al menos me parece inevitable pensar que, ante modelos pintados de innovación como préstamos y bonos, “la banca siempre gana”.

¿Y con eso cómo financiamos una atención sanitaria equitativa y sostenible?

Si parece difícil es porque efectivamente lo es.

Aunque lo ideal parece la integración de la prestación sanitaria para personas refugiadas en el sistema sanitario local, esto resulta casi imposible en países de rentas y medias y bajas. Sistemas con la capacidad justita (o ni eso) no pueden hacer frente a un súbito y permanente aumento de la demanda. Lo normal es empezar con una prestación de servicios de salud paralela a la existente, apoyada por donaciones a corto plazo, pero esto se torna insuficiente para las personas que viven junto a la comunidad local o insostenible una vez que las crisis y los campos de refugiados se “cronifican”.

En países con una cobertura universal de la salud, la integración de personas refugiadas en el sistema sería más fácil, pero esto aún queda lejos de lo viable en los contextos que más migrantes forzados/as reciben. Nuestra baraja no tiene todas las cartas.

Las fórmulas como el apoyo financiero a estas personas para su integración en seguros de salud, la recuperación de costes o las transferencias monetarias incondicionales son comunes cuando hay fondos suficientes. Sin embargo, requieren una planificación, una solidez de principios basados en la equidad, un planteamiento a medio y largo plazo y una coordinación a la que muchos actores actores humanitarios (desde donantes a ONGs) no están acostumbrados, por desgracia.

¿Quién paga cuando no hay quien pague?

La respuesta a esta pregunta sí es, por desgracia, más fácil. El que puede se salva.

Ante una financiación sanitaria insuficiente e inadecuada, los actores de acción humanitaria en salud son incapaces de dibujar fórmulas que eviten la inequidad de los pagos directos de bolsillo, los gastos catastróficos en salud y mecanismos de supervivencia que enfrentan necesidades vitales y esenciales.

Cuando la crisis deja de salir en la tele y los escasos fondos disponibles terminan de desaparecer, sencillamente dejamos que las personas más vulnerables, en su momento más vulnerable, decidan entre ir a una consulta médica, pagarse un antibiótico no fiable en el mercado negro, comprar comida o calentar su infravivienda.

Pero esto ya no saldrá en los informes anuales.