De los puntos de inflexión

En los puntos de inflexión de la vida de una persona ocurren momentos y sensaciones que se graban a fuego en la memoria. Lo realmente curioso es que esos instantes en los que se produce el vuelco entre el antes y el después son insustanciales, anecdóticos, sin acordes de John Williams ni historiadores sedientos de crónicas. Suceden si te dejas llevar, y luego, mucho más tarde, comprendes su magia. Sin embargo, con el tiempo, su sabor no envejece, y las ganas de contarlos tampoco.

Recuerdo el miedo y los nervios en el momento de salir del avión, el bofetón de calor húmedo en los pasillos del aeropuerto, lo eterno de la cola para presentar el pasaporte con el visado y la tarjeta amarilla que certificaba que estaba vacunado contra la fiebre amarilla, los intentos por convencer en mi lastimero francés de “Aprenda francés en 30 días” a los señores de las maletas de que la mía debía salir sin abrirse y lo imposible de contener a toda la horda de taxistas que, minutos más tarde, casi llegaría a las manos para agarrar mi maleta y arrastrarme a mí con ella hacia su respectivo coche. Estaba en Douala, una de las principales ciudades de Camerún, era julio de 2004 y era la primera vez que ponía el pie en África.

William, coordinador de terreno de nuestra contraparte, nos acompañaría en el recorrido en taxi más caótico que había vivido en mi vida hasta entonces hasta el hotel donde pasaría mi primera noche en el país, antes de partir a la mañana siguiente, en un bólido de Bansoa Airlines, hasta Baneghang, una pequeña aldea del oeste camerunés sembrada de almas. Tras un puñado de horas apiñado entre señoras que se echaban las manos a la cabeza al vernos, chavalines encantados de compartir banquito, y gallinas impasibles, pasando sed por miedo a las diarreas (¡ja!) del agua de pozo, disfrutando un enorme y pringoso bocadillo de sardinas al que invitaba William, y un par de docenas de paradas, llegamos a Baneghang, un pueblecito del oeste de Camerún, ubicado junto a la carretera que une Bafoussam y Dschang.

Una vez allí Alejandra, la estudiante de enfermería con la que viajaba, y yo bajamos del asfalto al barro bajo la atenta mirada de absolutamente todos y cada uno de los niños y niñas de la aldea, destrocé las ruedas de la maleta por el camino que nos llevaba hasta la casa que sería nuestro hogar durante los dos próximos meses, y respiramos profundamente. Mamá Caré, la primera esposa de nuestro vecino, nos invitaría ya aquella primera noche a comer en su casa junto a toda su prole de una enorme cazuela de cuscús manioc, un plato súper exótico para cualquier guiri en la zona que, en cualquiera de sus casi idénticas (para el guiri) variantes, constituye la dieta fundamental diaria de media África subsahariana.

Me acuerdo de la despedida, pero no recuerdo irme a dormir, ni amanecer a la mañana siguiente, ni los detalles concretos de los siguientes días. El punto de inflexión, sin saberlo, ya había sucedido. Algo acababa de echar raíces en absoluto silencio. En las semanas siguientes conocería a Jerad, Marcel y la laboratorista del centro de salud, iríamos con Celine a visitar el primero de los tontines (o reuniones de grupos de mujeres de la comunidad) que acompañaría, me quedaría blanco de miedo cuando una enfermera con las manos ensangrentadas me preguntara si sabía algo de abortos, me deleitaría con los platos de David, un chef ex-marinero empeñado en hacer alta cocina de un plato de arroz en el Camerún profundo, me patearía kilómetros de caminos por la selva en solitario escuchando música (y alguna vez en la motillo de Marcel, a cambio de invitarle a comer) yendo de centro de salud en centro de salud para evaluar con los enfermeros la posibilidad de comenzar a hacer algo para aumentar la participación comunitaria en salud en las aldeas, le regalaría a un muchacho enfermo mi pañuelo verde de los Grupos de Amistad, visitaría la espantosa Bafoussam y la amable Dschang tres o cuatro veces, tomaría kolá con varios notables, hice la foto que encabeza el artículo, que terminaría enganchándome a la fotografía, escaparíamos con Lukas de un señor disfrazado con ropas tradicionales que corría por el mercado de Bansoa repartiendo azotes a diestro y siniestro para tratar de restaurar los valores de la juventud, utilizaría en más ocasiones de las que habría deseado letrinas que habría deseado no conocer, bebería vin blanc extraído de árboles, y hasta sudaría una malaria, que sospecho que me llevé de souvenir de aquella primera noche en Douala, mi primera noche en África.

Más tarde volví a Camerún, visité Lesoto, trabajé en el interior de Angola, acudí a una Asamblea por la Salud de los Pueblos en Sudáfrica y a una reunión en Mozambique, descubrí gracias a la paciencia de mil escalas dónde encontrar wifi gratis en el aeropuerto de Casablanca, fotografié Zambia con el Fondo Mundial, curré en lo profundo del sur de Mauritania, y me enganché a los campamentos de refugiados saharauis en Argelia, donde vivo y trabajo desde hace casi un año.

Continúo sin sentirme médico, llevo ya tres años y  medio continuados de crecimiento personal y profesional en acción humanitaria y cooperación al desarrollo en el continente, y aunque a veces el cansancio, la distancia o lo emocional parecen echar todo abajo, por ahora ahí sigo. Hasta que el viento vuelva a cambiar.