El difícil acceso a la salud de quienes huyen de la guerra

Éste artículo se publicó originalmente en abril de 2016 en El País Planeta Futuro.

Lleva casi seis meses con fuertes dolores abdominales, necesita una silla de ruedas para poder moverse por el campamento y pasa la mayoría del tiempo postrada en el suelo. El personal sanitario que la ha atendido la ha explorado y le ha dado medicación para unos días, pero no disponen de medios para completar el diagnóstico o el tratamiento. Ella y su marido son afganos y viven en un campamento de refugiados en Atenas.

La vida para quienes consiguen llegar a Grecia huyendo de la guerra no resulta fácil. En el puerto del Pireo se acumulan unas 5.000 personas, la mayoría en pequeñas tiendas de campaña al aire libre. En los campamentos de Elllinikos otras 5.000 viven repartidas entre el antiguo aeropuerto de Atenas y dos estadios olímpicos abandonados. Son solo algunos de las docenas de miles de refugiados que llegan a Grecia desde Siria, Afganistán o Irak.

El sistema griego de salud es incapaz de proporcionar cobertura sanitaria a todos ellos. El Parlamento griego aprobó a primeros de año un sistema de ayudas sociales, que incluye el acceso a la sanidad pública gratuita para las personas más vulnerables, incluyendo a los refugiados. Sin embargo, el gasto público en sanidad ha caído en picado y los servicios están saturados. A pesar de estos esfuerzos,muchas personas, griegas sin seguro médico y extranjeras, solo cuentan prácticamente con la asistencia ofrecida por ONG en pequeñas policlínicas en el centro de las ciudades y en improvisadas consultas y unidades móviles en los campamentos.

Mohyabim, embarazada y con una hija de año y medio.

Jamás se habrían atrevido a jugarse la vida cruzando el Egeo en balsa con su hija de un año, pero las amenazas de muerte por los talibanes en Afganistán les obligaron a hacerlo. Mohyabim tiene 21 años y está embarazada de siete meses. Su marido, Attaullah, de 24, trabajaba en Afganistán como intérprete para empresarios americanos. En el primer intento, el motor de la barca se averió y quedaron a la deriva durante casi dos horas, mecidos por las olas en medio de la nada, muertos de miedo. Llegaron hasta la frontera con Macedonia, pero desde que la policía en Idomeni forzó a todos los afganos a volver a Atenas, viven en una tienda de campaña en el campamento de Ellinikos.

Desde el inicio de su viaje han gastado ya casi los 6.000 euros que tenían ahorrados. “Solo nos quedan 120 euros y nos preocupa qué va a ser de nosotros”, cuentan. Han comprado un pequeño fogón de camping para poder calentar la comida que le dan a la niña. A veces también le compran algún huevo duro, para complementar la lactancia materna, pero las frutas o verduras por ahora parecen un lujo inaccesible.

La atención sanitaria depende de ONG, voluntariado y donaciones.

Gran parte del personal que proporciona atención médica o que realiza labores de soporte es voluntario. Simplemente, no hay fondos suficientes para contratar toda la gente que hace falta. Igualmente, la mayoría de los medicamentos que distribuyen provienen de donaciones. Supone un gran trabajo descartar los productos en mal estado y tratar de organizar los aportes por especialidad y principio activo. Además, imposibilita garantizar la disponibilidad continua de fármacos, especialmente de aquellos que resultan más caros o de tratamientos crónicos para hipertensión, diabetes o cáncer, por ejemplo.

En cuanto a las vacunas, el panorama es especialmente desolador. La policlínica central de Médicos del Mundo en Atenas solo dispone de una dosis diaria de cada tipo, cantidad claramente insuficiente. A los campamentos de refugiados, por el momento, no llegan vacunas. “Eres la primera persona que me pregunta si mi hija está bien vacunada”, me dice Attaullah con una sonrisa que revela un cansancio absoluto.

La niña tiene ya casi año y medio y lleva días con fiebre. La atendieron en la consulta del campamento y decidieron referirla a un hospital. Allí, el personal del centro público la atendió pero no le dio los medicamentos que necesitaba. En su lugar le entregaron una receta para que él los comprara, por un valor de 25 euros. Por no poder pagar el taxi para el regreso al campamento, el conductor de la ambulancia les ofreció llevarles en el próximo desplazamiento, si estaban dispuestos a esperar. Esperaron, claro.

La vecina de Mohyabim, en la tienda de al lado, dio a luz hace días. Personal voluntario intenta visitarla a diario, pero los servicios de seguimiento prenatal o postparto tampoco están todavía completamente estructurados. Las dificultades en la organización de los campamentos y la falta de información sobre cómo el nuevo acuerdo entre la Unión Europea y Turquía va a afectar a su funcionamiento tampoco ayudan.

La evacuación de Sori.

Es una refugiada siria de 9 años. Su madre la llevó por la noche a la unidad móvil por síntomas respiratorios, pero los médicos detectaron que podía tener complicaciones clínicas. Después de una completa exploración decidieron llamar a una ambulancia para evacuarla a un hospital.

Vive con su familia en el puerto, atestado de gente y muy frío por la noche. Les acompaña Ali, un ingeniero iraquí que viaja solo y ayuda a esta familia como intérprete. Cuando se conocieron, decidieron quedarse cerca y ayudarse mutuamente hasta conseguir salir de Grecia. En sus tres primeros intentos para llegar a Europa fueron arrestados por las autoridades turcas; en los tres siguientes las averías del motor les hicieron volver; la avería del séptimo viaje se produjo lo suficientemente cerca de las costas griegas como para ser rescatados y alcanzar las islas.

Los servicios de emergencia están saturados de trabajo. Han recibido siete llamadas de emergencia solo desde este campo a lo largo del día y no van a poder enviar una ambulancia hasta dentro de una hora como mínimo. Cuando no están las unidades móviles, quienes solicitan ambulancias son personas voluntarias no sanitarias que no pueden atender una urgencia médica sencilla ni pueden determinar si constituye realmente una emergencia que requiera evacuación. El equipo de Médicos del Mundo decide quedarse y esperar hasta media noche, para asegurarse de que la niña es evacuada correctamente.

La vida en los campamentos.

La violencia de la que huyen, los peligros del viaje, o las duras condiciones de vida suponen enormes riesgos para la salud de estas personas. Muchas fueron hasta Idomeni, en la frontera con Macedonia, para intentar proseguir su ruta, pero tras el cierre y tras no poder soportar la dureza de aquel campamento tuvieron que volver a Atenas u otros lugares.

La familia de Azimi es una de las que tuvo que regresar de Idomeni hasta Atenas. Ahora viven, en condiciones aún precarias, aunque algo mejores, en el antiguo estadio olímpico de hockey, en una gran tienda de campaña con unas 30 familias más. Él era escritor, pintor y profesor de canto en Afganistán, hasta que escaparon de la violencia de los talibanes. Han tenido que llevar a sus dos hijos pequeños a la consulta de la pediatra, que atiende en una pequeña sala del campamento tres horas por la mañana y otras tres por la tarde. La mitad de la gente del campamento está padeciendo infecciones respiratorias y gastrointestinales.

Por desgracia, hay problemas de salud mucho más serios que un simple resfriado. A Samir, por ejemplo, estando en Idomeni, le tuvieron que operar por laparoscopia por una perforación intestinal. Es un abogado sirio y que al oír España, no menciona al Real Madrid o al Barcelona; habla de Cervantes. Tras la operación no aguantó en Idomeni y regresó al puerto del Pireo, donde sigue durmiendo en el suelo. Al oír hablar de las dificultades de Idomeni, otros refugiados se unen a la conversación: “¿Díficil? Idomeni no es difícil. Es el infierno”.

Según ellos mismos, en los campamentos de Atenas se está mejor, aunque las personas que viven en el puerto se quejan de que no hay duchas donde poder asearse. “Algunos nos juntamos y pagamos entre varios una habitación de un hostal cercano, para poder ir a ducharnos por turnos”.

El drama de menores y jóvenes no acompañados.

Las miles de personas que viven en los campamentos de Grecia se pasan el día haciendo cola para recoger el desayuno, para pedir ropa de segunda mano, para ir al aseo, para ser atendidos por el médico, para recoger la cena. En la cola de la cena hay un chaval que unos días atrás acudió a la unidad móvil por una infección respiratoria. Se llama Fahimzia y tiene 19 años. Es de Afganistán y viaja solo con su hermano pequeño. Éste último habla con orgullo de su hermano mayor, jugador profesional de fútbol en la selección nacional sub-19 de Afganistán y trabajador en la Federación Nacional de Fútbol, dando apoyo a equipos femeninos y masculinos. Tuvo que huir de su país después de ser atacado hasta en dos ocasiones por los talibanes. “Es la primera vez que hago cola para cenar la comida que nos dan”, cuenta, como quitándole importancia, pero se nota que no está bien. Es tristeza, resignación y algo más; ese algo más que acaba con los ánimos de tantos.

Su vulnerabilidad se multiplica cuando viajan solos, pero a muchos no les queda otra opción. Mustafa es uno de ellos, con tan solo 13 años. Es sirio y su familia murió en la guerra. Huyó en solitario. Se queja de que le han ubicado en un campamento donde casi todos son de Afganistán: “No hablamos el mismo idioma y no puedo hacer amigos. No puedo hablar con nadie”.

Algunos de estos jóvenes colaboran voluntariamente como intérpretes. Bachar es uno de ellos. Es afgano, tiene 20 años y también está solo. Habla casi todos los idiomas del campamento y está encantado de explicar síntomas y tratamientos a unos y a otros. “Lo hago por ayudar, y porque necesito estar ocupado en algo. Me ayuda a no pensar”, explica. Su labor es fundamental.

La solución es política

Las ONG no solo ofrecen atención sanitaria y psicosocial, sino que tratan de proporcionar alojamiento en mejores condiciones, en sus refugios. Sin embargo, apenas hay unas pocas decenas de plazas para miles de personas recién llegadas.

El nuevo acuerdo entre la Unión Europea y Turquía pretende cerrar el acceso al continente. Sin embargo, centenares de personas desesperadas continúan llegando a las islas griegas todos los días, encontrando ahora centros de detención. Personas como Samir, a pesar de que se explican con dificultad en inglés, se hacen entender perfectamente: “Huimos de la guerra. No queremos ropa ni comida. Queremos protección. Queremos que abran las fronteras”.