El racismo del Siglo XXI

En cuanto nuestros ojos se dirigen un poco más al Sur, parece que las sinapsis de nuestro lóbulo occipital sufrieran un cortocircuito. Por arte de magia nuestra percepción y umbrales de tolerancia cambian. Los criterios con los que analizamos la realidad se diluyen lo justo y se adaptan para poder asimilar las enormes diferencias. Evidentemente, es que no es lo mismo.

Su pobreza no es como la nuestra. La suya es como una losa enorme que se desploma sobre sus cabezas y tratan de frenarla agitando los brazos y gritando en suahili. Poco pueden hacer. Nosotros, aunque inteligentes, somos víctimas de complejas tramas y conspiraciones político-económicas de las que siempre tenemos una opinión y un juicio. Es complicado de explicar. Aún no nos explicamos cómo puede ser que nos sigan tomando el pelo y si alguien come de la basura es porque se ha salido del sistema.

Su política no es como la nuestra. Ellos son víctimas de larguísimas dictaduras militares. Es más, si un país africano tiene democracia, ésta suele ser una tapadera. Si salen a la calle a protestar, les disparan. No se dan cuenta de lo mucho que les engañan, y si se diesen cuenta tampoco serían capaces de hacer gran cosa.  Sin embargo, nosotros tenemos robustas democracias en las que todos somos iguales, en las que todos tenemos voz y voto y en las que hasta podemos acampar en la calle para discutir los presupuestos públicos y montar talleres de acupuntura. Somos ciudadanos, no rehenes. Sin embargo, hay algo que resulta extraño. Aún no nos explicamos cómo puede ser que nos cambien la ley del aborto, que nos suban la luz y que apliquen reformas laborales que insisten en hacer a los pobres más pobres.

Su corrupción no es como nuestra corrupción. Sus corruptos son señores gordos, con pieles de leopardo sobre los hombros, enormes diamantes en anillos que rodean sus rechonchos dedos y modernas armas que no dudan en usar para proteger sus intereses en los negocios de la venta ilegal de diamantes. Van rodeados de bellezas en vestidos de noche. Son los culpables de las calamidades de su pueblo, que apenas reacciona. O no se dan cuenta, a pesar de lo evidente que resulta, o se sienten incapaces de hacer nada. Nuestros corruptos, sin embargo, son inteligentes, astutos, malvados y van en traje de cena en cena. Mueven sus hilos entre complejas tramas empresariales y malversaciones de dinero público, con la ayuda de asesores y aliados formados en las mejores universidades. Les tememos, nos orgullecemos de ellos y les envidiamos a partes iguales. Eso sí, aún no nos explicamos que cobremos un salario mínimo de 600€ y que un sueldo en la media nos parezca por encima de la media. Tampoco conseguimos entender cómo es posible que algunos tengan tantos pisos y empresas en propiedad, mientras que para la mayoría meterse a pagar una hipoteca constituya un riesgo prácticamente inasumible.

Su crecimiento económico o desarrollo no tiene nada que ver con el nuestro. Ellos son pobres y lo van a ser toda su vida. Su desarrollo va ligado a la explotación a ritmo desproporcionado de recursos naturales y en cualquier momento se les viene a bajo por un conflicto étnico o un terremoto. Tienen montones de recursos pero apenas consiguen sacar rentabilidad de ellos. Lo que ganan se lo reparten entre unos cuantos que abusan de su poder. Nuestro progreso va ligado a la investigación, el desarrollo y los avances tecnológicos. No hay que ser rico para tener un portátil, un iPad y un televisor de cincuenta pulgadas. Nuestros hijos van a la universidad y después hacen un máster, con lo que salen preparadísimos. Los que no, son resueltos, avispados, emprendedores y capaces de buscarse las habichuelas. Sin embargo, aún no terminamos de entender que las diferencias entre nuestra clase alta y baja sean cada vez mayores, o que sigamos llamando jóvenes a adultos de treinta años que aún viven en casa de sus padres.

Su sociedad no tiene nada que ver con la nuestra. Ellos tienen pintorescas tradiciones arcaicas y llamativa artesanía (fácil de facturar dentro de la maleta en el vuelo de vuelta). Allí la mujer pertenece al hombre y la violencia de género es, por desgracia, normal. Tienen montones de hijos porque creen que es bueno y respetan a sus ancianos. Viven tranquilamente en aldeas y trabajan la tierra. Todo allí resulta más simple, aunque no por eso todo es peor; en algunos aspectos aseguramos que nos dan lecciones. Nosotros somos modernos, nuestra vida es complicada y hemos dejado atrás una sociedad parecida. No se nos ocurriría renunciar a ninguno de nuestros avances tecnológicos, pero con sólo admitir que éstos conllevan muchos problemas complejos que ellos no sufren, creemos que les demostramos respeto y hasta admiración. Nos resulta curioso, eso sí, que se hable tanto de violencia machista en la televisión, y que nuestro frecuente tedio o aburrimiento sea tan simple y tan vulgar, con lo difícil de explicar que es todo, sin embargo.

Nos reconforta imaginarnos mejores, más inteligentes y con todo bajo control. Nos reconforta pensar que los pobres de verdad están bien jodidos y que un abismo insalvable nos separa. Nos relaja pensar que, aunque somos todos iguales, no somos todos iguales. Creemos que sus vidas son inocentes y sencillas y las nuestras complicadas. De forma inconsciente pensamos que los malvados del Sur son simples y toman decisiones egoístas y equivocadas, mientras que los nuestros son astutos y trazan complicadas conspiraciones casi invulnerables.  Los del Sur, habitantes, no consiguen vencer esos problemas por incapacidad e ignorancia, mientras que los del Norte, ciudadanos, si tampoco lo conseguimos, es simplemente porque no lo hemos intentado en serio, todos juntos.

Y así, poco a poco, las orillas se siguen distanciando. No hay manera de empatizar con las víctimas de un tsunami en el Sur si no nos las visten de turistas del Norte y ponemos el grito en el cielo si una cantante famosa actúa ante un presidente (dictador) del Sur, sin que nos importe si hace lo mismo ante un presidente (democráticamente electo) del Norte.

Tenemos un doble rasero grabado a fuego en nuestra materia gris, y vivimos tan inconscientes como encantados con ello. El racismo de nuestros tiempos es light, como todo lo demás; es una anti-empatía vertical crónica latente, autocomplaciente, políticamente correcta y humillante. Es un racismo victimista, paternalista, simplificador hasta el extremo e incluso solidario (según los estándares de la solidaridad que se vende y se compra). No es que no seamos racistas; es que no sabemos que lo somos.