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¿Es posible la participación comunitaria en la acción humanitaria?

Hace 15 años empecé a darle mis primeras vueltas a esto de la participación comunitaria en salud, y hace 10 (cómo pasa el tiempo) me dejé un recordatorio para mi yo del futuro. Acababa de terminar mi trabajo de campo del Máster de Salud Pública y Gestión Sanitaria de la EASP, en el que analizaba con métodos cualitativos la participación en salud de comunidades negras e indígenas de una zona rural al Norte de Ecuador (a la que viajé durante un mes) y tenía la cabeza llena de lecciones aprendidas.

Una década de experiencia profesional en salud pública, cooperación internacional y acción humanitaria después, continúo mirando la palabra “participación” con una mezcla de afecto (porque nunca la he dejado fuera de mis ideales y principios), culpabilidad (porque no he/mos cumplido) y espíritu crítico (porque superada la ingenuidad inicial, se descubre que no es oro todo lo que reluce).

La participación incomoda

La “participación comunitaria” es como el paseo que hay que darle al perro después de comer en las vacaciones de agosto. No apetece. Sabes que es importantísimo (el chucho te lo hace saber con cara de ansiedad) pero hace tanto calor en la calle y estás tan bien en el sofá que lo vas dejando y dejando. El perrete, claro está, no tiene muchas armas para protestar. Al final, y solo cuando ya no queda más remedio, uno sale a la calle con cuarenta grados a darle una vuelta rápida a la manzana al pobre animalillo y así cubrir el expediente. La situación se repetirá al día siguiente y al otro.

Algo similar ocurre, proyecto tras proyecto, en los contextos humanitarios: sabemos que la participación comunitaria es importantísima, pero hay mil cosas más urgentes en su camino. Hay que salvar vidas, hay que ejecutar presupuestos, hay que formular propuestas en tiempo récord y hay que convencer al donante de que podemos hacer todo esto sin devolverle ni un solo euro que se le descuadre las cuentas anuales a final de año.

Para el actor con acciones en terreno, facilitar la participación comunitaria requiere dedicar un tiempo y un esfuerzo para el que los donantes no han dejado margen. Para los donantes, la participación es algo que pocos actores de terreno respetan con seriedad pese a exigirlo en el texto de las convocatorias.

La participación es un guisantito debajo del colchón que rara vez quita el sueño, ni a unos ni a otros. Solo los más idealistas (y con más principios que cinismo) se atreven a levantar el colchón. Levantemos el colchón, pardiez.

Un acuerdo de mínimos

El comodín del público en el sector ha sido dar por hecho que el intercambio de información entre la comunidad y los actores humanitarios constituye el primer escalón de la participación. Esta comodísima mentirijilla satisface nuestras necesidades de justificación y la de los donantes, que leen frases entrecomilladas en los informes y cuentan participantes de reuniones en calurosas tiendas de campaña.

La participación entendida como la extracción de información (o, en el mejor de los casos, su intercambio) no satisface las necesidades de incluir la visión de los protagonistas a lo largo del ciclo del proyecto, ni respeta sus derechos (“¡ha dicho derechos!”).

La participación de la comunidad a día de hoy se sustenta en la consulta breve en las evaluaciones de necesidades e identificaciones de proyecto (si da tiempo, si hay fondos propios que se quieran dedicar a ello, y si las autoridades locales lo permiten), en la consulta a la hora de formular las actividades detalladas y sus mecanismos de ejecución, en la mobilización de voluntarios/as comunitarios/as para el desarrollo de las mismas, y en la consulta a la hora de evaluar resultados; todo ello sin que el lápiz con el que se escriben proyectos, informes y evaluaciones cambie de manos.

De los estándares humanitarios al derecho a la salud

Los estándares humanitarios cubren la participación. Más o menos. Hablamos de tres cosas: la Carta Humanitaria (basada en el Código de Conducta), los 4 Principios de Protección y los 9 compromisos de la Norma Humanitaria Esencial.

El Código de Conducta, por desgracia, tiene un enfoque completamente “utilitarista” de la participación: hay que utilizar (sic) las aptitudes locales y buscar cómo hacer participar a los beneficiarios en la administración de socorro. Comenzamos mal. La Carta Humanitaria habla más bien del “derecho a recibir asistencia sanitaria”; parece que tampoco va muy lejos. Es difícil articular una participación real con estas bases, ¿no?. Los cuatro principios de protección tampoco nos llevan mucho más allá, la verdad. Toca llegar hasta el cuarto compromiso de la Norma Humanitaria Esencial para leer que “las personas afectadas por crisis participan en todas las decisiones que les conciernen”. Por fin nos arremangamos y hablamos de lo realmente importante: la toma de decisiones y el poder.

¿Qué dice de la participación en salud el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos o la Organización Mundial de la Salud? Por suerte, el derecho a la salud comprende “la participación de la población en el proceso de adopción de decisiones en cuestiones relacionadas con la salud a nivel comunitario y nacional”.

¿No nos da vergüenza, como humanitarios, que nuestros más recientes estándares apenas alcancen -sin superar- documentos y declaraciones realmente viejunas y generalistas? Debería.

¿Entonces? ¿Nos lamentamos y hacemos chistes sobre lo mal que está todo? Aún no. El día que me vuelva más cínico que proactivo, dejaré de currar en esto. Vamos a proponer cosas…

Articulemos la participación en salud en la acción humanitaria, por fin

Entendamos de una vez la participación de una forma ambiciosa, que permita a las personas afectadas por crisis humanitarias (y especialmente las más vulnerables) tener poder, voz y voto en las decisiones comunitarias, nacionales e internacionales que les atañen.

Incluyamos la participación comunitaria en salud como un elemento clave de la acción humanitaria, necesario para la protección de las vidas y la dignidad de estas personas.

Empecemos por nuestra propia casa: seamos críticos con la falta de diversidad, pluralidad y participación en los procesos de toma de decisiones dentro de nuestras propias organizaciones y construyamos un cambio en las diferencias de poder ligadas al género, la nacionalidad (personal local-expatriado) y el escalón profesional (directivo – umpalumpa).

Persigamos la consecución del derecho a la salud en nuestras intervenciones, como un fin en sí mismo que además legitima su utilidad. Convenzámonos de que dedicar tiempo, fondos y esfuerzos a la movilización de comunidades y personas para que ganen poder en los procesos de toma de decisiones a todos los niveles de su sociedad es una cuestión de derecho que trasciende el valor que dicha participación aporte a nuestros proyectos.

Dediquemos tiempo, talento y dinero (sí, dinero, incluso de fondos propios) a promover la participación comunitaria. Formemos a nuestros equipos en principios y valores, así como en metodologías de articulación de esa participación y dinamización comunitaria en todos los elementos de nuestras acciones.

Logremos la participación “a lo largo de todo el ciclo del proyecto” y superémosla: garanticemos la participación comunitaria en el diseño, implantación, seguimiento y evaluación de nuestros programas y nuestras estrategias a corto, medio y largo plazo.

Exijamos (como actores humanitarios) a los donantes que flexibilicen sus mecanismos de financiación y rendición de cuentas para poder hacer posible una participación comunitaria efectiva. Exijamos acuerdos marco y financiación de programas humanitarios que permitan una participación dinamizadora (y no meramente extractiva) en los tiempos adecuados, fuera de las prisas de las “deadlines” imposibles.

Exijamos (como donantes) que las organizaciones que reciban fondos tengan una política ambiciosa y operativa de participación comunitaria en toma de decisiones. No permitamos que la palabra “participación” se vacíe de significado en las convocatorias y propuestas.

Midamos el valor y el impacto que tiene la participación comunitaria en salud de todas nuestras intervenciones en fines concretos, como la transformación de procesos locales y nacionales de toma de decisiones, el bienestar emocional y la capacidad de agencia de las personas afectadas por crisis, y la transformación de sistemas sanitarios.

Y (como profesionales humanitarios), superemos el cinismo del “todo está mal”. Es parte de nuestro trabajo.