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Es vivir, aquí y allá

“Nosotros tenemos diamantes y petróleo. ¿Vosotros qué tenéis?”, me pregunta. Es nuestro conductor. Tiene veintibastantes, un par de hijos, y una mujer que lo ha acompañado hasta Bié, la provincia en que trabajamos. Se ha mudado recientemente desde la casita en la que se estaban quedando provisionalmente, sin agua ni luz, a una algo mejor, y desde que está trabajando con nosotros se ha animado a matricularse en un curso de inglés, uno de informática, y a intentar completar la secundaria, que tuvo que dejar a medias hace ya un puñado de años. Hoy tenía un par de exámenes, de asignaturas que ya ha pillado a medio curso, y se le veía nervioso.

La pregunta, en medio del trayecto de Luanda a Kuito, vuelve a rondar mi cabeza una y otra vez. ¿Qué tenemos? O mejor aún, ¿qué no hemos tenido?, ¿qué explica que Angola sea Angola y España sea España?. No hemos tenido un pasado de saqueo y explotación salvaje de recursos justificada en la colonización, ni un presente de políticas de reconstrucción y desarrollo totalmente condicionadas por las potencias de fuera. No hemos tenido una guerra civil de veintisiete años que terminase apenas diez. Hemos estado en el lado bueno de eso que han llamado civilización y desarrollo, los que han sacado tajada. En lo local, en lo pequeño, en lo que a ti y a mí nos concierne, hemos tenido más suerte que ellos; a pesar del petróleo, a pesar de los diamantes. Pero todo esto, por sí mismo, no es más que una verdad a medias o una pequeña mentira razonable y políticamente correcta para aquellos que también están jodidos.

Una parte de mi familia tuvo que emigrar al norte de África en la posguerra, y ahora pelean como pueden por aguantar el tirón en esta crisis que nos aprieta, sacándole sonrisas a lo adverso, y respirando hondo para recuperar aire cuando éste falta. Mis compañeros de promoción de medicina, que ahora terminan su especialidad, ven con vértigo el vacío que queda tras once años de formación superior, sin una salida profesional sencilla, y la frustración no entiende de razones. Mis colegas de trabajo, aquí en Kuito, me comentan con una mirada de esas que se acompañan moralmente de la palmada en la espalda que esto de la cooperación no es fácil, y no sólo por la distancia; que hacer tu familia requiere grandes sacrificios que no todos entienden, y que el miedo al quedarse sin trabajo y hasta encontrar otro en otro país -el que sea- se pasa cuando ya has tenido que pasar tres o cuatro veces por esa especie de limbo.

Cuando ya te has acostumbrado a Kuito, sales a las áreas más rurales de la provincia y la pobreza vuelve a dar la cara con más fuerza. Los niños cargan con sillas de plástico por el margen de la carretera para poder sentarse en la escuela, los centros de salud apenas cuentan con un par de nuestro equivalente a auxiliares de enfermería y algunos ayudantes de menor cualificación, los caminos se tornan intransitables en coche y el agua corriente y la electricidad dejan de ser un lujo para convertirse en un absoluto imposible. Y aún así, aún estando ahí, en medio de todo, intentando echar una mano, también deseo saber que mis amigos, mis padres y mi mundo están bien. Las proporciones, por alguna fuerza natural que no consigo descifrar, no importan lo más mínimo.

Comentas una cosa que ya he escuchado y me he planteado muchas veces; eso de que los problemas del Norte parecen pequeños comparados con los del Sur. Pero, ¿y si comparar no sirve de nada?, ¿y si todo es una pizca más complejo?. Es asumir, asimilar y seguir sumando, tus problemas y los suyos, como si estuviésemos todos en el mismo carro. Y es que estamos, desde aquí y desde allá. Desde el otro lado del mundo, Alba, sin querer, me abre los ojos; “la vida siempre es urgente”, dice.