La música de cine y yo

Posiblemente fui al cine mucho antes pero, la verdad, no lo recuerdo. La primera vez que una película se me quedó grabada en la memoria fue por su música, en 1991 y yo tenía ya 9 años. Mi padre me llevó a los Multicines Centro de Granada a ver Hook (El Capitán Garfio). Y así, creo que cuando Peter (gracias, Robin) echó a volar por primera vez, fue la primera vez que unos acordes -los de John Williams- me dejaron sin aliento. Imagino que no conseguí despegarme del asiento hasta terminar la siguiente escena y el “¡Puedes luchar!, ¡puedes volar!, ¡puedes cacarear!” de Rufio.

Eso sólo sería el comienzo, claro. En algún momento saqué el CD de la banda sonora de la biblioteca municipal, me lo grabé en casete, y memoricé todos y cada uno de sus temas (aunque nunca entendí, ni me gustó, el del partido de béisbol). Por eso le pongo melodía a la presentación de Garfio y Smee, al banquete imaginado de los niños perdidos y a los tambores de la batalla final (¡Bangaraaaaang!). Todo el mundo que me conociese en aquella época tuvo que escuchar a Williams alguna vez porque de inmediato utilicé el tema del prólogo como banda sonora del contestador telefónico de casa.

La siguiente vez fue culpa de James Horner y la nana que compuso para la banda sonora de Casper, en 1995. Salí del cine Madrigal tarareando una sencilla y repetitiva melodía que me acompañaría durante mucho tiempo, sin que supiera reconocer su origen hasta años más tarde, cuando en una tienda de discos de segunda mano de la calle Gran Capitán encontré este CD a precio de ganga (por alguna razón, aún recuerdo aquellas 800 pesetas).

Muchas melodías encontraron su huequito en mis circuitos neuronales en aquellos 80 y 90 a través de la tele y el maravilloso vídeo VHS en el que grababa (dándole al pause en los anuncios, claro) todo lo que echaban en la tele. ¿Superhéroes? La overture de Supergirl, a manos de Jerry Goldsmith (le seguimos echando de menos, Maestro). ¿Aventuras? El Conan de Poledouris. ¿Fantasía? Klaus Doldinger y Giorgio Moroder con en La Historia Interminable o el E.T. El Extraterrestre de Williams. ¿Hay alguna música mejor para ambientar un sábado por la tarde que la de la persecución inicial en coche de Los Goonies, de Dave Grusin?

La biblioteca municipal de Granada y la radio (medio clandestina) que el director de mi colegio puso a nuestra disposición allá por 1997 terminaron de darle cuerpo a la afición. Un amigo y yo nos lanzamos a hacer nuestro propio programa (¡Más Cine!) en la precaria Radio Mayor y eso requería un arduo trabajo de seleccionar las bandas sonoras disponibles en la sala municipal de audiovisuales, grabar los mejores fragmentos en casetes y ponerlos casi en bucle semana tras semana. Así descubrí maravillas como El Primer Caballero de Goldsmith, Eduardo Manostijeras de Danny Elfman, el Forrest Gump de Alan Silvestri, La Roca de Zimmer (y otros tantos), Bailando con Lobos de John Barry, Los Siete Magníficos de Elmer Bernstein, La Misión de Ennio Morricone, la (enorme) Isla de las Cabezas Cortadas de John Debney, Merlin de Trevor Jones, el Dragonheart de Edelman o El Ejército de Las Tinieblas de Joseph Loduca.

Escuchaba bandas sonoras (primero en walkman y luego en discman –con antishock- claro) estudiando, leyendo, de camino a clase y hasta en la clase de dibujo técnico de 3º de BUP, en la que el profesor me pilló con los auriculares mientras me peleaba con el rotring. Me quitó los auriculares y antes de que yo pudiera darme cuenta y pararlos, se los puso en el oído a ver qué escuchaba. Me miró extraño cuando escuchó el Himno a los Caídos de Salvar al Solvado Ryan, de John Williams. No me dijo nada más en ese momento pero, al terminar la clase, me preguntó qué me parecía. Me quedé algo cortado pero le expliqué que John Williams era mi compositor favorito y que solía escuchar La última Cruzada, Parque Jurásico o Un Horizonte Muy Lejano. Eso le bastó para decirme “dime que banda sonora de John Williams quieres”. Debió ver en mi cara mi incapacidad para cerrar la boca de la impresión y me explicó que él coleccionaba bandas sonoras. Le pedí Indiana Jones y El Templo Maldito (una rareza maravillosa) y en la siguiente clase me la trajo. Un día me invitó a ver su colección y me contó que, de Williams, sólo le faltaba Images, una composición algo antigua, del 72, bastante rara. Me propuse encontrarla y me encantó poder grabarle una copia semanas más tarde. De paso, descubrí Blood Moon, un tema increíble y durísimo que me acompañaría durante años, en momentos especiales.

Las bandas sonoras han estado conmigo e incluso han guiado mis pasos en mil momentos. ¿Mi primer viaje en solitario en avión? A Barcelona, con 18 años, para ver un concierto del gran Elmer Bernstein. No en vano, el perro que nos acompañó durante años se llamaba Elmer. ¿Mi afición por internet y el diseño web? Comenzó con una suscripción a Listasonora (una histórica lista de correo de música de cine) y con mi primera página web, consistente en un listado de mis discos para intercambiar con otras personas aficionadas. Lo mejor ha sido compartir este Frikismo (con mayúsculas) con algunos de mis amigos de siempre, tarareando los tambores iniciales de El Mundo Perdido, los coros de La Caza del Octubre Rojo o clásicos inevitables como el tema para Elora Danan en Willow.

Llegué a estar al día de todos los lanzamientos, ediciones y reediciones (originales, piratas o promocionales) todo lo que salía en el cine, fuese del compositor que fuese. Descubrí joyas como Corigliano, Kaczmarek, Hisaishi, Portman o Armstrong. Semanalmente peinaba las tiendas de discos de segunda mano de Granada por si llegaba alguna novedad que mereciese la pena. Y la llegada del mp3, por supuesto, supuso una revolución para la afición de un estudiante sin un duro en el bolsillo.

A día de hoy mi colección de cedés se ha desvanecido a base de mudanzas y el contenido de mi iPod hace años que no se renueva, por culpa de Spotify. Ya no sé muy bien qué compositores están apareciendo en escena, qué es lo último que ha sacado John Powell o James Newton Howard, ni quién creo que debería ganar en los Oscar. Los tiempos han cambiado. Sin embargo, sigo siendo incapaz de trabajar, leer o hacer deporte sin escuchar a esta gente, mansplainear de vez en cuando un “esto que suena lo compuso Fulanito en tal año” a mi pareja, entregarme a algún placer culpable de Jablonsky o Jackman, no perderme ninguno de los vídeos que Jaime Altozano saca analizando bandas sonoras, o ver la carátulas de los pocos originales que aún conservo en casa de mis padres y emocionarme un poquito con lo que continúan despertando.