La salud global más allá de los números

No. No puede ser. Y además es imposible. O eso dirían muchos de mis colegas. Y es que los números a veces parecen tan sólidos como imprescindibles. Para muchos, investigar en salud pública es dar cifras cuantificables, porcentajes, intervalos de confianza y datos que pueda extrapolar de una muestra a la población general para así poder tomar decisiones correctas, con la certeza de estar haciéndolo bien. El número no es un número. Es un logro indestructible e imperecedero forjado a base de martillazos de evidencia científica en el fuego de la solidez metodológica (¡¿soy un poeta o no soy un poeta?!).  Si quiero establecer causalidad quiero saber cuanta causalidad hay, del uno al diez, lo quiero seguro y lo quiero ahora. Si me hablas de incidencia de una enfermedad en una población, la quiero exacta y la quiero comparable con la de otras poblaciones. Si no me viene con número ni me lo menciones.

Pero no todo en ciencia es calcular, definir y extrapolar. A veces olvidamos que para verificar hipótesis primero hay que plantearlas. Y plantearlas no equivale a sacar un as de la manga basado en lo que he leído y estudiado. Para confirmar hipótesis también viene bien tener un profundo conocimiento del cómo y el por qué. Cuando jugamos a fabricar evidencia a partir de la eminencia a veces nos puede salir mal. Investigar tiene que ir necesariamente más lejos, desde la humildad del que se sabe necesitado de hombros de gigantes para ver más y más lejos, y hasta la ambición del que quiere comprender los engranajes que mueven todo.

Los números son maravillosos. Sus valores absolutos nos dejan boquiabiertos y sus valores relativos nos sitúan en el tiempo y el espacio; nos permiten comparar realidades, ver dónde hay un problema y dónde no, ver cuáles pueden ser las soluciones y, de ellas, una vez aplicadas, cuáles funcionan. Pero ojo, son orgullosos e indomables. A veces pueden ser hasta tramposos. El número reluce tanto que nos ciega sin dejarnos ver todos los condicionantes y matices que hay alrededor. El número quiere parecer único y todopoderoso. Al número le gusta cederte a ti, su descubridor, algo de su fama y poder, para que le sigas idolatrando. Pero el número, por si sólo, no explica nada más allá del cuánto. Como al niño que patalea y grita para llamar la atención, al número hay que dejarle tranquilo y a solas a veces, para que entienda que no es el centro del universo, ni la única respuesta a las preguntas complicadas. ¿La verdad? A veces. ¿Toda la verdad? Nunca. ¿Nada más que la verdad? Ojalá.

Trata de explicar con cifras por qué te daría miedo dar positivo en un test de VIH. Intenta convencerme con porcentajes de lo difícil que resulta seguir la dieta con la que fracasas una y otra vez. Dame un valor que explique por qué no completas el tratamiento de Tuberculosis por mucho que sea gratis, qué es lo que te gusta y no te gusta del promotor de salud de tu aldea del interior del continente africano, lo que te preocupa en realidad aparte de ese dolor de espalda, por qué sigues cagando al aire libre a pesar de lo mucho que te han explicado las bondades de las letrinas, por qué has tardado tanto en venir a que te vea esa tos tan rara, o por qué piensas que la nueva campaña de información sobre la vacuna de la gripe se la va a dar de bruces contra la opinión pública.

El número te puede dar la respuesta exacta a una pregunta mal formulada (No es lo mismo preguntar “¿qué te apetece comer?” cuando estamos en el supermercado y podemos comprar y cocinar cualquier cosa, cuando tenemos delante un menú con sólo cinco opciones, o cuando los diez euros que llevo en el bolsillo me tienen que dar para otros dos días más y no sé si tú tienes pensado invitarme), o incluso una totalmente errónea, si la correcta no estaba entre las opciones posibles. El número parece definitivo e invulnerable, cuando puede ser tan débil como la fuerza de voluntad de la persona que recoge el cuestionario o rellena la hoja de registro. El número te puede ofrecer un dato cierto sin matices que te ayuden a comprenderlo o interpretarlo correctamente. El número, correctamente calculado en una muestra representativa, y extrapolado a la población general, puede parecer un imponente monumento descontextualizado, desnudo y mudo en respuestas que digan algo.

Tan difícil puede ser verificar hipótesis como plantearlas. Y tan meritorio o útil. Tan valioso puede ser aplicar correctamente un cuestionario que nos ofrezca cifras irrefutables, como acertar en las opciones que ofrecemos en el cuestionario, o profundizar en el significado e interpretación de sus cifras. Tan certero puede ser un minucioso análisis estadístico de una completa base de datos, como una pregunta bien formulada en el momento clave a un inmigrante en situación irregular, invisible a los ojos de registros y bases de datos.

Es incómoda, lenta, con montones de letras y retórica social, difícilmente resumible, con resultados sin significación estadística y conclusiones rara vez tan aplicables más allá del “tener en cuenta” y “considerar”. Es criticada porque a menudo de tan flexible parece arbitraria o improvisada, y porque también a menudo así es como se hace. Y sin embargo, es profundamente necesaria para entender cómo llegar a obtener el número, cómo interpretarlo, y cómo comprenderlo. Y es que, en salud pública, no se puede entender la investigación cuantitativa sin la cualitativa, y viceversa. No compiten, sino que se ayudan y entrelazan, iluminando justo aquello que la otra no alcanza. Lo importante no deja de ser el objetivo. ¿Y los medios? Los que haga falta, bien aplicados, y cuando deban ser aplicados.

Necesaria postdata friki: No me entiendas mal. Es fabuloso saber que la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás es 42. Pero no estaría de más comprender por qué.