La vida auténtica

Tengo más suerte que estilo, y creo ser consciente de ello. También soy consciente de que eso es lo que define, en gran parte, mis fotos más documentales. Y es que si existe un denominador común en la mayoría de las imágenes de mis dos o tres últimos años es, precisamente, la suerte de tener un trabajo (o buscarlo) que me permite estar y conocer lugares a los que pocos más llegan, y a los que nadie en su sano juicio iría por ir. Hay lugares que simplemente no vas a pisar si no tienes algo más que hacer allí. No es fácil liarse a visitar aldeas en las que nada justifica tu presencia, ni regiones en las que el concepto turista ni existe, ni encaja.

Nos han vendido un mundo de mentira, en el que montones de tribus ancestrales incomunicadas se mantienen ajenas a todo lo occidental, en el que los atardeceres en África (porque África es un país) son mágicos, en el que los niños sonríen a pesar de ser pobres porque son niños, y donde las letrinas no huelen a letrina. Un Sur que puedes comprender al primer vistazo por tener la educación que has tenido. A poco que te pares a pensarlo te darás cuenta de que es, evidentemente, falso. Pero es lo que nos han vendido, lo que aceptamos como bueno y lo que nos empeñamos a replicar, a golpe de estereotipo, por si cuela.

Pero insisto, es de mentira. Una gran parte de los ancianos de profunda sabiduría en remotas aldeas africanas se emborracha cada dos por tres con aguardiente barato, aunque no se vea en la foto. Si le pides permiso a unas mujeres en la Mauritania más profunda para hacerles una foto, lo mismo te sorprenden pidiéndote a continuación permiso para fotografiarte ellas a ti. Los atardeceres son atardeceres en todos lados. Las procelosas dunas del desierto están, en muchos sitios, rodeadas de matojos que nadie saca en la foto. Las teteras para la ancestral preparación del té en el Sahel son a menudo de plástico chino, de todo a cien. Las tribus himba de barro en el pelo y tetas al aire hacen de ello su reclamo turístico y medio de vida. Gente que no tiene electricidad en casa tiene móvil, aunque lo tengan que recargar en puestecillos del mercado público y la compra de tarjetas de recarga para mandarse SMS es, a menudo, la mejor forma de ligar entre adolescentes. Las antenas para ver la tele llegan a regiones indígenas de Honduras o Ecuador. Hasta los agricultores y agricultoras de Zambia o Lesoto descansan de vez en cuando. Los hipsters en Angola son MUY hipsters. Los graciosos coches destartalados de Camerún tienen montones de accidentes. Los montones de niños sonrientes a menudo enferman, o trabajan, o no van a la escuela (o van a escuelas donde no aprenden nada). Ciudades que hace diez años vivían un sangriento asedio en mitad de una guerra civil hoy reciben, cada 6 meses, a la ranita y los coches de choque, que van haciendo gira por el país. Y la pobreza es una mierda.

Aún así, el turista que visita el Sur en rutas programadas y repetidas hasta la saciedad cree que lo entiende, y el que saca su flamante réflex en según qué sitios hace todo lo posible por evitar que nada no-milenario y no-tradicional entre en el encuadre para no estropearle su autentiquísimo estereotipo. Las películas nos han ofrecido una visión romántica de todo esto y el turista que no experimenta lo mismo al visitarlo o contarlo se siente frustrado.

Antes hablaba de suerte; ahora hablo de estilo o de ambas. Quizás el estilo que juego a intentar desarrollar (perdónenme las pretensión los que realmente saben, pero tengo derecho a jugar) es precisamente ese, el de mostrar las cosas tal y como las veo, contando con la suerte de poder hacerlo sin preparar la escena, y con la intimidad del que es invitado a entrar en una casa ajena; sin querer demostrar nada ni probar la realidad de nada, pero sin dejar que mis estereotipos de guiri con pretensiones alteren demasiado la vida auténtica, ni intenten redefinir -un sinsentido- el concepto de autenticidad según patrones jolibudienses de diseño exclusivo.

Dice el bueno de Oscar Wilde, en su Retrato de Dorian Gray, que “todo arte es al mismo tiempo superficie y símbolo. Los que van más allá de la superficie lo hacen por su cuenta y riesgo. Los que leen el símbolo lo hacen por su cuenta y riesgo”.  El tío va y añade, sin despeinarse, que “es el espectador, y no la vida, lo que el arte realmente refleja”. Y yo pienso en lo grande que sería conseguir que el espectador, al verse reflejado en alguna de mis fotos, se cuestione un poco más su visión de la realidad del mundo y de su marco de referencia. Joder.