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Mis diez kilómetros

Salgo de casa, cruzo la calle principal, me aseguro de que no venga nadie por la derecha, que aquí van como locos, y allá voy. Comienzan las miradas de extrañeza, como si éste no fuera mi sitio, pero la música me mantiene concentrado y fijo la vista al final de la calle. En la gasolinera, la inmóvil cola de bidones amarillos es enorme, como siempre. Como si fuera un partido de tenis a cámara lenta, las cabezas se van girando, una a una, siguiendo mi recorrido. Giro a la izquierda y comienzo el descenso. Uno.

Trato de mantener una atención especial hacia las Keweseki, Kawasiki y similares, sucedáneos chinos de la famosa marca. Circulan por donde quieren, y sus conductores, siempre hombres, siempre entre veinte y treinta años, no siempre van sobrios. Paso una iglesia evangélica, esquivo a una docena de mujeres vestidas a juego, y cruzo con cuidado la calle donde viven las niñas de la Cruz Roja. Dos.

Ya apenas me doy cuenta de que no paso desapercibido. Me acompañan los gritos de “¡amigo, amigo!” de los chavales, mientras uno me alcanza y me sonríe. Le sonrío de vuelta, le saco la lengua, y aprieto el paso. Cincuenta metros abajo y a mi izquierda, se encuentra un campo de fútbol improvisado en medio de los basureros. Un hombre con un garrote persigue a tres muchachos que corren más rápido que él, que cruzan el campo de fútbol y se esconden entre la maleza. El resto de niños intenta distraer al hombre, que parece nervioso, corriendo y cruzándose frente a él. Un cuarto muchacho, más pequeño y no tan rápido, es alcanzado, aunque el hombre se limita a pedirle, eso sí, a voces, explicaciones de un robo de fruta o algo así. Vuelvo a mis pies. A mi derecha, la churrasquería donde a veces cenamos y, a continuación, el aeropuerto, pequeñajo y siempre vacío. Se acaba el asfalto. Tres.

Siempre hay niños jugando sobre el viejo tanque. Durante unos segundos centran su atención en mí, pero al dejarlo atrás, escucho como sus juegos continúan. El primer día, este tanque me impresionó, pero ahora ya soy consciente de que es una parte más del paisaje, en el que todo se explica. Pasa un viejo toyota, rebotando contra los baches del camino, y el polvo levantado me obliga a llevarme la mano a los ojos. La temporada de lluvias ya abrió paso a la temporada seca, y se nota. Me saluda un hombre, al que no conozco de nada, que vende aceite de palma, y le devuelvo el saludo. Completo la curva del final del aeropuerto, me adentro en una pequeña barriada, ya fuera de Kuito, y un grupo de chicas que caminan de frente en dirección hacia mí detienen su conversación y me miran descaradamente. Aprieto el paso, como si no me costase esfuerzo. Agotado pero digno y con amor propio. Faltaría más. Cuatro.

Humea el basurero recién quemado, y el sol me ciega. Un par de mujeres cargando pesados fardos sobre la cabeza, se apartan para dejarme pasar, solidarias de esfuerzo a esfuerzo. Se lo agradezco con un gesto y una sonrisa. Otro coche, conducido por un militar, otra nube de polvo. Cinco.

En mi mundo comienza a sonar el They don’t care about us, de Michael Jackson, en el emepetrés, con la cadencia perfecta para apretar el paso en esta cuesta, de casi cuatro kilómetros, que me dejará destrozado. El cuartel militar, aislado en medio de la vegetación, parece más tranquilo que de costumbre, aunque nunca me transmite calma. Llegan un par de ellos en moto, con sus uniformes y sus armas, pero con la actitud relajada del que se acaba de tomar un par de cervezas. Seis.

Apenas un par de metros a mi izquierda, unas bandas de plástico rojo y blanco señalizan una zona con peligro de minas que aún no ha sido desminada, según parece. El sol deja de cegarme y se oculta. Completo el último tramo de la cuesta, y giro a la izquierda. A lo lejos, Tchissindo, el caótico y desordenado mercado de la ciudad, parece desarmarse. Las mujeres ya volvieron a sus casas con sus frutas y verduras, y probablemente, a estas horas, sólo queden hombres, terminando de llenar candungueiros, el transporte público de aquí, para volver al barrio. Siete.

No me gusta esta parte del camino. Es donde más tráfico hay, y el terreno, siempre de tierra, ha pasado de tener baches a tener grietas y agujeros que no siempre es fácil esquivar. Un par de mujeres caminan justo delante, cargando a sus niños a la espalda. Cruzan para dirigirse a Piloto, barrio que sólo conozco por su centro de salud. Ocho.

Entro de vuelta en Kuito. Ahí sigue la decoración navideña y la del carnaval, a la entrada de la ciudad. No dejo de recordar el primer día que pasé por aquí, hace ya más de cuatro meses. Las sensaciones han cambiado. Ya me resulta extrañamente familiar, y es al salir hacia los barrios, marañas de casas de adobe y chapa entre charcos y puestecillos de venta de todo, y las comunidades, aldeas más o menos accesibles, desperdigadas por toda la provincia, cuando siento que ya salgo de mi mundo, que parece ir ampliando fronteras como si tal cosa. Nueve.

La cola de la gasolinera sigue igual. Juraría que no se ha movido nadie, a pesar de los cincuenta minutos que ya han pasado. Otro muchacho, más pequeño, juega a correr conmigo y me persigue, y su perro a él. Al fondo, sigue como dormido el viejo edificio bombardeado, que con sus cinco plantas es el techo de Kuito. A derecha e izquierda, comienzan a abrirse las marañas de calles y callejuelas de lo que ya es mi barrio, con sus tiendas vietnamitas de alimentación, sus mecánicos, sus borrachos, sus charcos, y el descampado que deja paso a mi casa y oficina. Diez. Cincuenta y cuatro minutos.