Photoshop siempre fue la excusa

Es un clásico: “mis fotos no tienen (casi) Photoshop”, el no menos tradicional “no, si esto no es HDR”, o el aborrecible “sólo le he dado un poco de dramatismo”. Y así, fácilmente, cual Pilatos en un lavabo de caballeros, nos libramos de cualquier posible acusación de manipulación, dando por sentado un mantra más falso que una Compact Flash de cinco euros: “en el postproceso está la trampa”.

En fotografía documental, la manipulación obvia, la evidente, se ve a una legua y es más inocente que la travesura de un niño. Me refiero a los blancos y negros ultracontrastados, a empezar la edición subiendo el contraste al 100% “y luego ya veremos por dónde sigo” (probablemente, por un poquito de desaturación, para evitar desprendimientos de retina), a no saber editar sin añadir viñeteo, o al viejo truquito de calentar las luces y enfriar las sombras para darle ese toque gastado a la imagen. Lo infame, por ejemplo, no siempre se ve, pero cuando se reconoce se rechaza. Hablo de la manipulación de elementos, de quitar lo que no supimos quitar y de poner lo que no supimos poner. Pero hay una tercera vía, la vía impune y políticamente correcta, la peligrosa: no contar la verdad, ni toda la verdad, ni solamente la verdad.

Photoshop siempre fue la excusa. Quien quiere manipular, manipula. Es así de fácil. Basta con quitarle a la foto todo su contexto y añadirle tú el que deseas, con hacer una selección tendenciosa de las imágenes que muestras en un reportaje (induciendo a confundir el todo con una -sólo una, la que tú has elegido- de las partes), exagerar lo dramatizable, o silenciar lo que quitaría valor al cómo, cuándo y dónde. Y es que es demasiado fácil mostrar una foto o una serie de fotos que en realidad son sólo la excepción dramática a la norma, la exageración que dejará bocas abiertas, la mentirijilla que no hace daño a nadie.

Por desgracia, ocurre demasiado a menudo. Y lo toleramos. E incluso nos tienta o caemos en ello. Hasta que te das cuenta, en las fotos de los demás y hasta en las propias. ¿Resulta ético incluir en un reportaje sobre la lucha contra el SIDA una impactante imagen de un enfermo de mirada penetrante encamado en un hospital, del que no sabes ni su nombre, ni si realmente es VIH positivo, ni si está en tratamiento, ni nada? ¿De qué sirve mostrar el caso más exagerado de pobreza en Angola, Camerún o Zambia cuando la realidad, sin alteraciones, ya nos debería resultar impactante? ¿Es auténtico disfrazar de espontaneidad el vigésimo intento de fotografía en la que nadie mire a la cámara? ¿Es buena tu historia si necesitas dramatizarla a toda costa y de cualquier manera, ya no sólo con contraste, viñeteo y tonos ocres, sino también con una selección tramposa de las fotografías que muestras, intentando que todo parezca más triste, más pobre, más desolado?

¿Qué fue antes? ¿El espectador al que ya nada le impresiona ni tambalea, por dura que sea la realidad que contempla, o el fotógrafo que de tanto prostituir sus clicks a cambio de un impacto que no llega logró estirar la sensibilidad del espectador hasta el límite de romperla?

Refugiarse en el “no he recortado el encuadre”, “apenas tiene edición”, o el “los colores eran así” (además de, en ocasiones, poco creíble), no deja de ser un placebo. Lo mismo te funciona, pero no cura.