Ridiculizacionismo

El ridiculizacionismo es un pobre recurso argumental de urgencia, que se aplica con varios fines concretos:

  • Poner nervioso a tu interlocutor.
  • Sustituir una (obvia) carencia de argumentos serios.
  • Intentar zanjar el debate por medio del agotamiento.

Dadas dos opiniones, “A” (que tú defiendes) y “B” (que defiende tu oponente), y llegado el momento en que te sientes incapaz de seguir defendiendo tu postura a favor de A, puedes recurrir al ridiculizacionismo, que se articula en tres sencillos pasos: 1) Exagerar B hasta el extremo; 2) Identificar ese “B extremo” con la postura de tu oponente (lo cual le irritará); 3) Ridiculizarlo (y al estar ya irritado, será aún más gracioso).

El ridiculizacionismo dio sus primeros pasos en los programas del corazón, para después pasar al territorio de la política nacional e internacional, y terminar asentándose en nuestras discusiones del día a día. Hemos crecido con él, y lo hemos incorporado automáticamente a nuestro repertorio de habilidades sociales, junto a la improvisación de temas de conversación o la capacidad de liderazgo.

Para un ridiculizacionismo óptimo, varias condiciones deben darse al mismo tiempo:

  • Estar rodeado de gente. El ridiculizacionismo tiene todo su poder en el público, siempre y cuando esté ya tan aburrido con el debate o discusión que esté deseando tener algo de lo que reírse.
  • Utilizarlo de manera recurrente. Da igual que sepas que es una técnica sucia, sin ningún pilar que la fundamente, o que no vaya a llevarte a ningún sitio. Si lo usas con cierta continuidad, tu público ya identificará a tu rival con tu chiste, y estará deseando que aparezca. Es como el gag fácil que todo el mundo espera que sueltes tú primero. Suéltalo, y te ganarás tu legión de seguidores, ansiosos por vitorear tus logros y verte ganar la partida.
  • No debes referirte a él como ridiculizacionismo. La demagogia está ahí para que la uses, así que debes dejar siempre claro que lo que haces es por un bien común mayor, que lo que tu oponente defiende no merece ser escuchado, y que si tú lo ridiculizas es porque tienes algo mucho mejor que ofrecer, aunque nunca digas qué es. No falla.

Estos pilares son bien sólidos. Es por eso que con facilidad se financian costosísimas campañas políticas que triunfan a pesar de estar lideradas por personas de las que nadie se fía, con ideas improvisadas en las que nadie en su sano juicio depositaría su confianza, y que sólo giran en torno a las descalificaciones del oponente (y las críticas a las descalificaciones con que él responda). ¿Por qué triunfan? Por estar amenizadas por pequeños detalles ridiculizacionistas, que compiten por salpicar de humor los vergonzosos argumentos del interlocutor de tu bando. Sí, vergonzosos. Pero anda que los del otro bando…