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Suena la música que quedó tras el silbido de las balas

Nadie se separa más de medio metro del coche cuando sale a mear en la carretera a mitad de un viaje. Más allá de lo anecdótico, tiene su lógica, no creas. El gobierno angolano recomendó, hace ya un tiempo, no salir nunca de las carreteras y caminos bien marcados; nunca se sabe donde pueden quedar aún minas terrestres. Hoy, a pesar de los programas de desminaje, esta costumbre persiste. Los ‘se supone que’ no son más que apuestas en las que nadie quiere acercar sus fichas. Hace unas semanas, al terminar de girar la ruleta, cinco niños que jugaban a ser niños a setecientos metros de la calle principal de su aldea murieron al explotar un mortero, mientras una mujer fallecía también al activarse una antigua granada en el terreno donde cultivaba.

Las heridas parecen cicatrizar rápido, pero si tres años en España hace otros setenta aún nos sacuden por dentro, veintisiete años en Angola hace sólo diez aún, necesariamente, duelen. Como si nadie viera ya los agujeros de las balas y las marcas de las bombas en las fachadas de las casas, o como si los tanques abandonados en los márgenes de las carreteras no fueran más que un elemento más que el paisaje, todo aquí habla de normalidad. Sin embargo, basta con detenerse a escuchar para que las voces rompan el silencio a gritos. Los colegas de trabajo me cuentan como la provincia que hoy recorremos era, no hace tanto, el epicentro de la batalla, que ellos mismos recorrían caminando enormes distancias cargados con todo lo que podían cargar, para dejar atrás el lugar donde nacieron y vivieron. Medio millón de personas murió, mientras otro millón huía. Otro me cuenta que luchó, y en ambos bandos. Fue apresado en combate, trabó amistad con sus captores, y luchó también bajo su mando, hasta que meses más tarde pudo escapar y volver a sus líneas de origen. La velocidad a la que viajaban en camión por los caminos de tierra permitió que, pese a activar dos minas terrestres, las explosiones sólo alcanzaran a herir a algunos.

Pero, por mucho que lo intenten, las ruinas no pueden impedir que la hierba crezca. Cualquiera te dirá que Kuito y la provincia cambian a un paso que pocos creían posible. El pueblo quiere paz con todas sus fuerzas. Los estudiantes, en sus batas blancas, pueblan las calles del centro. Apenas hay médicos de origen angolano, pero pronto habrá más, cuando las primeras promociones terminen su formación en las universidades de la capital y las provincias principales. Mañana, día del enfermero, se celebrará que la Escuela Superior de Enfermería de Kuito ya tiene estudiantes de tercer año, y pronto, al terminar el quinto, comenzarán a trabajar en los centros de salud y hospitales. En unas semanas comenzará el primer curso de enfermeras matronas de la provincia, gracias a Medicus Mundi y la cooperación española, y Bié dejará de tener sólo cuatro, formadas en la capital, para tener casi cuarenta.

Con algo de suerte, los primeros niños que nunca conocieron la guerra se harán adultos y lo renovarán todo. En medio del aire viciado, corrientes nuevas invitan a confiar en el optimismo. En unos meses habrá elecciones generales, y el país podrá demostrar que todo ha cambiado y sigue cambiando. Angola crece y nosotros con ella, o eso intentamos.