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Un vaso de agua

Antonio estaba sacando agua con un cubo y la ayuda de su burro de un pequeño pozo que había cavado semanas antes junto a algunos vecinos. Pozos como este, con unos nueve metros de profundidad, eran el único medio de conseguir agua que la gente tenía en Soconcho, un pequeño paraje muy pobre y casi desértico de Santiago del Estero, en el Noroeste de Argentina. Del pozo de Antonio aún manaba agua, completamente enturbiada por la tierra, con la que llenaba unas garrafas que luego transportaría a su casa, a casi una hora a pie de allí.

Ángela, una religiosa del albergue juvenil donde yo estaba echando una mano como voluntario, y yo, estábamos por allí visitando unas familias, y nos perdimos. Perderse no es un problema cuando tienes referencias o gente a la que preguntar, pero sí se convierte en un problema cuando te tiras dos horas andando por caminos de arena que no parecen llevar a ningún sitio, sin ver a nadie, y rodeados de escasos cactus y matorrales. La verdad es que frente a la calma inicial, ya comenzábamos a ponernos nerviosos y a desconfiar de nuestra orientación, aunque seguimos caminando en la dirección que pensábamos nos llevaría hacia la escuela, donde teníamos el coche.

Cuando a las dos horas encontramos un rancho fuimos directos hacia él, a ver si nos podían ayudar a volver. Al vernos, no sólo nos indicaron que efectivamente no íbamos mal orientados y que pronto, y cambiando sólo un poco de dirección, llegaríamos a donde queríamos, sino que también nos ofrecieron agua. No sé si nos vieron muy agotados, o si fue simple cortesía, pero desde luego que la agradecimos. Trajeron una jarra de plástico con algo de agua, prácticamente marrón, le echaron un poco de refresco en polvo (algo como el “Tang” de la infancia) para quitarle el mal sabor, y nos la ofrecieron en dos vasos, casi llenos.

Ese agua, marrón y con sabor bastante desagradable, habría ido directa al desagüe aquí, en Granada. Pero allí valía su peso en oro, por su escasez, lo complicado y trabajoso de cavar pozos profundos con pico y pala, y la distancia que hay que recorrer para obtenerla, día a día. Esa es el agua que podían beber, y que sin duda era causa de las frecuentes diarreas de niños y adultos en aquella región. Simplemente, no hay otra cosa.

Durante nuestra charla nos hablaron de lo bien que les vendría tener una bomba que permitiera la extracción de agua sin esfuerzo, y del nulo compromiso de los políticos de la zona y sus continuas e incumplidas promesas al respecto. Incluso nos contaron que antes de la deforestación exhaustiva de la zona (para la explotación comercial de la corteza de los árboles) aquella zona no era desértica.

Hoy, 22 de Marzo, Día Mundial del Agua, Naciones Unidas nos recuerda que en el mundo, millones de personas siguen sin acceso a agua suficiente y de calidad. Yo, por mi parte, me acuerdo de aquel vaso de agua. Y de lo que significa.