Will – Las cosas pequeñas

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Un navío no es sólo su capitán, ni siquiera lo forman sólo los oficiales. En este barco hay docenas de personas diferentes, que entran y salen de él, con modos diferentes de pensar, de ver la vida y de ser y hacer su día a día.

Y una de esas personas, entre las más especiales, es Will. Debe tener tan sólo 6 o 7 años y nadie sabe exactamente por qué está aquí, ni desde cuando. Estaba antes de que nadie más llegara, el primero de todos.

Will es el primero en levantarse en verano, y el último en invierno. Es pequeño, vivo y curioso como pocos y siempre que camina por cubierta lo hace jugando con sus manos y canturreando alguna cancioncilla, como perdido en su propio mundo. Will se mueve entre el resto de la tripulación con soltura y sin vergüenza ninguna, entre risas y travesuras.

Conoce hasta el último rincón del barco, juega con luces que nadie más ve, se come las uñas y es capaz de destrozar en menos de dos minutos cualquier objeto que llegue a sus manos, ¡lo aseguro!. Le encanta bailar, reir, llorar, correr, jugar, gritar, preguntar el significado de cualquier cosa a cualquiera y espiar a hurtadillas a Roberts, durante sus operaciones, tapándose los ojos con las dos manos, pero asegurándose de dejar entre sus dedos un hueco suficiente para no perderse detalle.

Grumetes como Will suelen pasar desapercibidos para muchos capitanes de barco, llegando incluso a que pasen semanas sin siquiera verlo. Yo en cambio lo suelo ver casi a diario y si yo no lo busco a él, él me busca a mi. Casi todo el mundo sabe que Will es quien muchas veces se acerca despreocupado, mordisqueando una manzana, a mi camarote durante las reuniones con los oficiales y se escurre entre ellos hasta llegar a mi lado. Me mira con descaro, elige un punto en el mapa y grita: “¡Vayamos hacia ahí!”. Y jamás nadie se atrevería a protestar.

Will, ese muchacho torpe que presta atención a todo lo que se mueve a su alrededor con los ojos bien abiertos, no desea crecer y no crece. Y en ocasiones es, sin saberlo, el auténtico capitán de este barco y quien marca el rumbo. Un niño. Menos mal.

Shhhhssstt!!. ¡Que no se entere nadie!